
Madrid - Publicado el - Actualizado
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El conductor pensó que el pasajero se había quedado dormido. Era el último que quedaba en el autobús. Mientras caminaba por el pasillo, “es imposible que no se haya dado despertado con el trajín de los que se bajaban y el ruido de las maletas. ¿Le habrá pasado algo?”. Cuando se disponía a zarandearlo, el pasajero, que vestía con corrección, llevaba gafas de sol y tenía abierto un periódico en el regazo, levantó una mano, “estoy bien. Pero no pienso bajarme. Me da igual lo que tarde en salir este autobús y a donde vaya. De aquí no me muevo”. Fue inútil que el chófer le explicase que no podía quedarse allí. Le preguntó si tenía algún problema, cómo podía ayudarlo. “Simplemente le suplico que me permita permanecer en el asiento. No lo molestaré”.
Acudió la policía municipal. La negativa del caballero era tenaz. Ni los requerimientos amables, más tarde las amenazas e incluso la posibilidad de llevárselo detenido torcieron su parecer. “No quiero causar problemas. Si un taxi se para en la misma puerta del autobús para que no tenga que pisar esta estación, me voy”. Los policías consistieron si previamente se hacía una prueba de alcoholemia y drogas. El resultado fue negativo. No se llamó a un médico para que comprobará su estado mental porque salvo la negativa a poner los pies en el andén número cinco de la Estación de Autobuses de Jaén se comportaba como un hombre educado y culto sin ningún síntoma de demencia.
El taxista le preguntó “¿dónde lo llevo?”. Su respuesta, “me da igual; pero que sea lejos y rápido”. Requerido a la vuelta por los municipales el taxista contó que cuando el extraño pasajero, que venía de turismo a comer en Bagá y visitar la Catedral, vio la destartalada, sucia y decrépita estación de autobuses giennense, sintió pánico. Se arriesgaba a cualquier desgracia en aquella estación propia de una película de terror. Por eso se negaba a bajarse.
Si creen que el pasajero del andén número cinco exageraba, dense una vuelta por la estación de autobuses. La cafetería cerrada. Las ventanas del que fuese Hotel Rey Fernando se abren y cierran a criterio de los pájaros que anidan en sus habitaciones. Las plantas de los maceteros secas. La tierra de los jardines se ha convertido en piedra. Suciedad, desperdicios. Miseria, abandono, incuria, pobreza. ¿Quién en su sano juicio querrá visitar Jaén si ésas son sus credenciales? Un síntoma de la decrepitud de la ciudad. Un muladar para dar la bienvenida.
Palabras, divinas palabras.



