En Herrera en COPE, las divinas palabras de Ernesto Medina. Hoy: Churrerías

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Redacción COPE Jaén

Jaén - Publicado el - Actualizado

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El portalón en la cuesta de San Andrés abría sólo los domingos porque en la España de principios de los años setenta los tallos eran un extraordinario reservado para las fiestas de guardar. Mis padres nos mandaban por una rosca de diez pesetas. Siempre había cola. Los chiquillos teníamos que ponernos de puntillas para que se nos viera por encima del mostrador. El marido, con la churrera contra el hombro, en una sartén humeante de aceite trazaba una espiral de masa que su mujer movía con dos largos palos, quemados de vender tantos churros. Con arte de malabarista la dejaba en una bandeja de aluminio. Si el encargo era menor, cortados con tijeras. Las roscas iban directas a un pliego de papel de estraza. Corriendo a casa, calientes las manos, para que la familia desayunase antes de que se enfriasen.

Los había de dos clases. Los normales, también llamados del país, y los de patata, que tenían forma de lazos acanalados. Los primeros eran más baratos y nos gustaban más. Con chocolate, Cola Cao, mojándolos en azúcar. Mis padres, por ser adultos, café con leche. Un mañana de domingo con tallos justificaba la semana.

Ayer vi que el rótulo comercial del Colón dice “desde 1962”. Sesenta años. Me vino la añoranza de las churrerías que han dejado de existir. Era una clásica la que había al lado del Mercado de Abastos -la Plaza, para entendernos- encima del Bodegón, en un entresuelo que por el desnivel era un balcón a la calle Pescadería. Los Pitufos, en la calle Nueva se puso de moda para los cafés de la tarde y los cumpleaños de los críos. Ambas cerraron.

Sigue abierta la de la calle Espartería, los hermanos Araque, terraza en la calle, interior y patio. En el Montana, además de las criadillas de tapa para las cervezas, siguen bordando los tallos. El círculo de las clásicas alrededor de la Plaza lo cierra “La Rosca”, en la calle Álamos. Pero ya nadie pide “tallos”. “Póngame dos de churros y un café con leche”. En Jaén se dicen rosetas y no la estupidez ésa de palomitas. Acabarán pidiendo en el cine un cucurucho de “pop corn”, maíz que estalla. Rosetas, coño.

El día que pida una rosca de tallos y me miren con ojos de chino tendré la certeza de que mi tiempo es ido. Y de los tallos lo que más me gustaban eran las porras.

Palabras, divinas palabras.

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