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"Corazón Marinero"

por Pedro Rodríguez

Pedro Rodríguez González

Pedro Rodríguez González

Periodista

Tiempo de lectura: 2'Actualizado 11:48

Rodri

Un día, otro día y otro, al caminar por el Paseo de la Ría de Punta Umbria siempre me encontraba al mismo marinero, desenredando las redes de pesca, sentado en una pequeña y vieja barca.
Tenía aspecto de hombre maduro, estatura media baja, robusto y envejecido con la erosión del mar. Vestía de forma sencilla, con pantalón vaquero, camisa rosa y gorra gris, para evitar el sol.
Un día, otro día y otro estaba en el mismo lugar, haciendo lo mismo, con los ojos clavados en su difícil tarea: desenredar, con sus rudas manos, uno por uno, los nudos de una inmensa red de pesca.
Al pasar a su altura, primero pensaba en su constancia (todas las mañanas). Después, en su fuerza de voluntad (motor para superar los obstáculos de la vieja red) y finalmente en la paciencia (sin prisa), para reparar y sanear bien la red.
Uno de esos días (Agosto) me acerqué al tranquilo marinero y le pregunté: Perdone, ¿Qué está usted haciendo?.
El hombre, con apariencia de cazurro, me pudo haber contestado de mala manera: “¿No lo ve?. Estoy preparando redes”.

“FUERZA DE VOLUNTAD”

Pero no, el marinero me miró con semblante risueño y respondió entusiasmado: “Estoy poniendo las redes a punto para volver a pescar los mejores langostinos y coquinas de la costa...”.
Al escuchar la respuesta, me salió un ¡olé! profundo de los reaños del alma. ¿Cabe mayor demostración de autoestima...?
Es difícil encontrarla, ¿verdad?. Yo la descubrí en sus palabras. Estaba ante un hombre motivado, seguro de si mismo, decidido y feliz. Por esa motivación hacía lo que hacía, convencido del éxito...
Pero lo más llamativo era estar ante un modesto marinero, con una enorme fuerza de voluntad y constancia, capaz de estar, un día, otro día y otro, sentado en una barca, vencía y rota. Viendo como en la quilla posaban las gaviotas (Imagen ilustrativa).
Una mañana, al ver que ya estaba terminando la faena, me acerqué a felicitarlo. Me lo agradeció. Lo expresaba en su rostro.
Dicen que “la cara es el espejo del alma”. La suya era de orgullo y satisfacción por el complicado trabajo realizado, a punto de concluir.
Al seguir mi camino no dejaba de pensar cuando lanzarla al mar la red saneada para llenarla de los mejores langostinos y coquinas de la costa de Huelva. No sé cuando habrá sido.
Pero si os puedo asegurar que al tirar la red al agua, iba unido el gran corazón del marinero. ¡BUENOS DÍAS!

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