Redacción Digital

Séptima meditación: Domingo de resurrección

En este Domingo de Resurrección una gran alegría llena toda la tierra y se extenderá en acción de gracias durante 50 días en la espera de la celebración de la plenitud del Don del Espíritu Santo en Pentecostés. Creer en la resurrección de Jesucristo es el signo definitivo de los cristianos. Sin su resurrección nada de lo que haga o diga la Iglesia tiene sentido. Todo nace de aquí, de su victoria definitiva sobre la muerte. Tú participas de esa victoria y caminas así en la historia, en tus circunstancias concretas, lleno de alegría y esperanza.

Sexta meditación: Sábado santo

En el Misal Romano, el Sábado Santo, dentro del Triduo Pascual, queda reducido a un breve aviso. Así, durante el Sábado Santo la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor, meditando su pasión y su muerte, y se abstiene del sacrificio de la Misa. El Templo queda desvestido, como vacío y desnudo a la espera de la noche, cuando, después de la solemne Vigilia Pascual, se inaugure el tiempo de Pascua.

Quinta meditación: Viernes santo

Es Viernes Santo. Después del pórtico de entrada que constituye la celebración de Jueves Santo, de la Cena del Señor, empieza propiamente la celebración de la Pascua. Pascua significa "paso", el tránsito de Jesús a través de la muerte a la nueva y definitiva Vida. Y este viernes Santo es el primer acto de este paso: la Pascua de la crucifixión.

Futsal COPE Capítulo 467 (28-03-2024)

Con Santi Duque. Programa especial post Copa de España. Entrevista al jugador del Barcelona, Catela. Tertulión con Cancho y Gregorio León.

Cuarta meditación: Jueves santo

Este Jueves Santo, nos introducimos en el pórtico de entrada del Santo Triduo, los tres días en los que celebraremos la Pascua del Señor. En la misa del Jueves Santo recordamos la cena que precedió la salida del pueblo de Israel de Egipto y que el Señor celebró con sus discípulos el día antes de padecer. En esta cena, lavó los pies a sus apóstoles, como signo sacramental de que no ha venido a ser servido, sino a servir; y nos dio su mayor regalo, la Eucaristía, por la que él sigue presente entre nosotros en una única ofrenda de acción de gracias que atraviesa los siglos. Es como un hilo que va tejiendo las diferentes generaciones de hombre y mujeres de todos los tiempos, de todas las razas y naciones, para conducirnos a la comunión con el Padre. Nada más opuesto a las guerras provocadas por la división entre los hombres y que, como no deja de recordar el Papa Francisco, son siempre una desgracia.

Tercera meditación: Miércoles santo

Este miércoles santo contemplamos el tercer anuncio de Jesús acerca de su pasión, muerte y resurrección. No vivas, por tanto, estos días con un sentido puramente individual, sino siendo consciente de que estás unido en la Iglesia a una muchedumbre inmensa y que, por ti, quiere el Señor que la entrega de su vida pueda llegar a todos, empezando por aquellos con los que compartes la vida cotidianamente.

Decimocuarta Estación: Jesús es sepultado

En el oscuro silencio del sepulcro, entre sábanas limpias y mortajas, el tiempo se detiene. Todo lo que alguna vez ha existido, todo lo que existirá, está en ese espacio vacío a oscuras que acoge el cuerpo muerto del Señor. La pasión, la cruz, la muerte, la entrega por amor, alló condensada donde el tiempo se hace espacio y el espacio se vacía, cruza toda la realidad como ondas que se expanden a través de todo lo que pueda llegar a existir, informándolo y conformándolo. En ese oscuro sepulcro está el misterio absoluto de Dios. No nos queda sino contemplar. Esperar. Recordar.

Decimotercera Estación: Jesús es bajado de la Cruz y puesto en brazos de su Madre

El cuerpo de Cristo, abrazo por su madre, descendido por sus amigos, viene a nuestro encuentro en cada Eucaristía. Se nos hace físico y real a través de la Iglesia en el pan y el vino, en su cuerpo y su sangre a los ojos de la fe. Viene a hacerse nuestro cuerpo con el suyo, a alimentarnos, a conformarnos por dentro, pero también físicamente. Como Iglesia. La Virgen María, abrazando el cuerpo de Jesús, nos recuerda que también nosotros podemos acoger el cuerpo del Señor Jesús en su Sacramento. Puedes abrazarlo si miramos con los ojos de la fe.

Duodécima Estación: Jesús muere en la Cruz

a condición creyente, y así nos lo enseña la misma muerte de Cristo, es la de abrazarse conscientemente a la muerte en una opción de confianza ante Dios. El grito de Jesús en la muerte es el grito del salmista que se entrega a la voluntad de Dios en un ejercicio de absoluta confianza. La muerte del Señor Jesús, con ese desgarrador grito, es al fin dejar a Dios que actúe. Saber que uno ya nada puede más que confiar. Que uno ha entregado absolutamente todo lo que era, hasta la propia vida, por amor a Dios. La muerte en cruz del Señor nos deja ante el silencio inmenso del que solo puede confiar en Dios. Cada muerte de nuestra vida, y morir duele, nos deja ante la situación sin aliento de no poder hacer otra cosa más que esperar en Dios. Y confiar en que jamás te abandona.

Undécima Estación: Jesús es clavado en la Cruz

Que el Señor Jesús pasase por criminal, que un aparente fracaso coronase sus años entregados a Dios y a los hombres, sigue siendo escandaloso. Que el único justo fuese ajusticiado explica el abandono por miedo de los suyos. Clavado entre salteadores y ladrones. Como un ladrón más. El mismo Dios haciéndose uno con todos los ajusticiados del tiempo. Es incomprensible y escandaloso. No es posible que nada pueda salvarse así. Hoy seguimos huyendo del escándalo que significa. Caemos en la tentación de dulcificar demasiado la cruz. La intentamos domesticar. La rebajamos, tantas y tantas veces, con nuestro exceso de emotivismo. Con nuestras palabras y nuestros gestos de creyentes. Estamos llamados a la felicidad y la alegría en el Señor, claro está, es lo que Dios desea para sus hijos, pero no nos atrevemos a acoger el misterio de la lógica de la cruz: solo desde el fracaso, solo desde la agonía, desde el escádalo, desde la incomprensión, podemos dejar a Dios que actúe según su misterio y su propia razón. Solo así no domesticaremos a Dios.

Primera Estación: Jesús es condenado a muerte

¿Te has parado a pensar que en demasiadas ocasiones nos convertimos en jueces condenatorios de los demás? De quienes no piensan o ven el mundo como nosotros. Toda esta realidad social que vivimos de enfrentamiento y agresividad no es sólo fruto de los otros. No podemos mirar lo que nos rodea desde el enfado, la beligerancia y la condena constante. Condenamos a muerte, a muchas muertes, a muchos tipos de muerte, pero todas muertes, cuando sumamos nuestra actitud a las de los demás en los destierros y alejamientos y cerrazones de las razones personales. Es legítimo y bueno tener convicciones, cuidar la identidad. Pero cada condena, de fondo, encierra una profunda injusticia: la de tener al otro por un todo, tomando sólo la parte que lo separa de mí. La de no ver al otro más que en lo que tiene de distinto a mí. La condena de Jesús es la condena del inocente por razones propias y egoístas.

Tráiler Temporada 2: Meditaciones de Semana Santa

¿Alguna vez te has parado a pensar la suerte que tenemos de saber por el Evangelio, lo que hizo Jesús cada uno de los días de la Semana Santa? Es la semana más importante de todo el año. Con cada cosa que hizo y dijo, nos quiso enseñar. A lo largo de las 7 meditaciones de las que se compone este podcast en su primera temporada, Monseñor D. José María Avendaño, obispo auxiliar de Getafe y en la segunda temporada, Monseñor D. Jesús Vidal, obispo auxiliar de Madrid, te proponen que hables con Jesús de eso.

Segunda Estación: Jesús carga con la cruz

¿Con cuántas cruces cargamos a los demás que podríamos evitarles? A veces cruces tan simples como nuestras reacciones destempladas. Nuestro pagar la cotidianeidad que nos agobia con los que tenemos cerca. Nuestros miedos, nuestros enfados, nuestras preocupaciones. Cargar a otros con cruces es cargarles con nosotros mismos. No ponerles a ellos por delante de nosotros. Delante de ti. Olvidarnos de los demás y de sus propias situaciones para dejar que solo el yo, sea el centro de todo cuanto existe. Cuántas cruces hacemos cargar a otros de modo tantas veces inconsciente y casi sin querer. Cuánto necesitamos la memoria, no olvidar, resituarnos siempre. Cuánto no dejar de mirar a Jesucristo, memoria y amor de otra manera de estar.

Tercera Estación: Jesús cae por primera vez

No hay vida ninguna que no tenga caídas en su historia. No hay vida ninguna sin errores, sin pecados, sin momentos de desacierto y daño cometido. Los seres humanos estamos hechos así. Algo, tan real, tan de toda biografía, que nos sitúa de frente a la necesidad del perdón. Necesitamos ser perdonados. Levantados cuando caemos estrepitosamente. Mirar a Jesús cayendo bajo el peso de la cruz que nosotros cargamos a otros tiene el inmenso valor del perdón. De recordarnos que tu perdón nace del perdón de Dios. Que otro antes que tú perdonó total y radicalmente. Que, si Dios mismo es capaz de perdonar tu caída, cayendo él mismo bajo el peso de nuestros males, nosotros estamos llamados siempre a hacer lo mismo. Tú estás llamado siempre a hacer lo mismo. Alzar a los que caen ante ti, incluso sobre ti, con el perdón.

Cuarta Estación: Jesús encuentra a María, su madre

Mirar a María, al pie de la cruz, tendría que recordarte una máxima que sacamos de la pasión de Jesús: si algo no ha terminado bien, aún no ha terminado del todo. La esperanza contra toda esperanza está sostenida en la cruz del Señor. La entereza ante la adversidad, aún en medio de las lágrimas y los gritos, se nutre de la esperanza. De la confianza en Dios. De no dudar que Él, siempre, sabrá salir de algún modo, tantas veces inesperado, en nuestra vida como respuesta al dolor.

Quinta Estación: Simón de Cirene ayuda a llevar la Cruz de Jesús

Las cosas de Dios se juegan en lo pequeño y escondido. No hay fuegos de artificio brillantes cuando de amar se trata, porque en la donación generosa ordinaria, está presente el Señor Jesús amando y sosteniendo, con nuestro concurso, a llevar las cruces de otros. Como otros hacen con nosotros. Como el mismo Señor cargó con las nuestras. Como el mismo Señor cargó con la tuya.

Sexta Estación: La Verónica limpia el rostro de Jesús

El verdadero rostro de Dios es el del amor entregado, aun en medio del sufrimiento. El rostro de Dios se nos ha mostrado saliendo de la niebla y el humo de lo abstracto y escondido, para que el ser humano entienda que la auténtica belleza está en la entrega de amor. La existencia humana comporta siempre una inevitable carga de sufrimiento. No es el sufrimiento, per se, nunca bueno. Pero si ese dolor se lleva desde el amor, desde la donación de uno para que la vida de los demás sea mejor, ese dolor cobra sentido. Y se carga de belleza. Belleza y amor van tan intrincadamente conectados que es la donación amante de uno mismo a los demás, la que hace que se pueda captar belleza en lo aparentemente deforme y grotesco y escandaloso, como la Cruz de Cristo. ¿Qué otra clave nos recuerda la Verónica? Cada gesto de amor y de cuidado que tengas con el que sufre, además de cargarse de belleza, es un gesto infinito que no se agota porque recuerda a la condición humana su verdadera razón de ser, la de seres que aman.

Séptima Estación: Jesús cae por segunda vez

Que Jesús, de nuevo caído, abrace y bese el suelo, es una forma de besar y hacerse uno con los que, tirados y arrojados a los lados, al barro, nos recuerda que a nuestro mundo le falta mucho para crecer en el amor. Jesús, el Señor, caído por segunda vez, nos recuerda, te recuerda y te invita a postrarte también a ti entre tus hermanos caídos bajo el peso del mundo.

Octava Estación: Jesús consuela a las mujeres de Jerusalén

Las lágrimas de las mujeres y la advertencia del Señor Jesús nos suenan como un llamamiento: ¡cambiad de vida! ¡convertíos! ¡mirad en el tiempo! Aún hay tiempo de que las consecuencias no sean las que nos destruyan a todos. El Profeta de Galilea, como todos los profetas, no es que vea el futuro sin más, es que nos llama a saber, que te llama a saber que el tiempo no está escrito, que Dios no determina sin más lo que ha de suceder al margen de nosotros mismo y de nuestra libertad. El Señor Jesús te pone ante tu propia responsabilidad y libertad. Ante tus acciones. Hijos e hijas de Jerusalén, Madres y Padres en el tiempo: ¡abrid los ojos! Porque llegarán días en los que desearemos haber estado en el mundo de otro modo… ¡Aún podéis ser y estar de otro modo! Que sólo uno, el Señor, sea el leño triturado por amor a los hombres. Ábrete, mujer y hombre de Jerusalén, al don de la vida y la muerte que hizo el Señor por nosotros. Al don del amor.