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El bueno, el feo y el malo, viernes 5 de enero de 2018

Empieza 2018 exactamente igual que como terminaba 2017, con los mismos problemas encima de la mesa y casi con los mismos buenos, feos y malos que el año pasado. Hoy no me gustaría ser excesivamente malo con los malos, porque eso podría ser malinterpretado por Sus Majestades de Oriente, aunque quizá ellas ya sepan que en mi trabajo de justiciero lo que se premia es precisamente la falta de piedad. Pero empezaremos como siempre por el bueno, que no es otro que el hombre que hoy cumple 80 años: Juan Carlos I.

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El bueno: el rey emérito Don Juan Carlos

Así creo que lo registrarán los libros de historia. A medida que pasan los años se revaloriza el tramo más decisivo y benéfico del reinado de Juan Carlos I, que coincide con la restauración de la democracia y su defensa frente a las fuerzas involucionistas que trataban de hacerla descarrilar. Es verdad que enseguida todo el mundo se apresura a rematar su opinión sobre el monarca con el recuento de sus deslices, errores, cacerías y aficiones extramaritales. Pero sospecho que estas debilidades, pertenecientes al orden privado y verdaderamente poco edificantes, quedarán aminoradas por el juicio de la historia, que atiende más bien a los grandes asuntos públicos capaces de marcar las épocas y las naciones. Y en ese ámbito, no cabe escatimar el elogio a la contribución de Juan Carlos I a la vida española. Jamás conoció España otra etapa de libertad y prosperidad como la disfrutada durante los últimos cuarenta años. Esa senda de estabilidad casi exótica en nuestra historia fue abierta por un puñado de audaces expedicionarios que tuvieron a don Juan Carlos a la cabeza. Vaya por tanto mi agradecimiento a su figura. La prueba de la bondad de su legado estriba precisamente en los escándalos que le han afectado, y que en una democracia incompleta jamás habrían llegado a conocerse.

El feo: Oriol Junqueras

También conocido como Fray Junqueras de Estremera, el samurái de la paz, el golpista que olía a cirio. Un hombre tan imbuido de su propio misticismo que llegó a declarar ante el juez que él no puede ser procesado por rebelión porque posee hondas convicciones religiosas. Que es como si Jordi Pujol pretendiera lavar su dinero negro con el cepillo de la abadía de Montserrat. Ha decidido el Supremo que Junqueras no salga de prisión porque persiste el riesgo de reiteración delictiva, lo cual es perfectamente razonable si tenemos en cuenta que Junqueras pugna por ser investido president de Cataluña para implementar la república, eslogan machacón usado por Esquerra Republicana en la reciente campaña. O sea, para reincidir. A pocos presos les habrá dado el Estado tantas facilidades para salir del trullo: Junqueras solo tiene que renunciar explícita y claramente a cualquier estrategia política que se salga del autonomismo; pero no: él pretende salir sin renunciar a la unilateralidad, es decir, ganarse a la vez el respeto de la ley y el de sus votantes, y las dos cosas no pueden ser. Lo sentimos, porque don Oriol parece un hombre bueno, fanático e irresponsable, pero bueno. Sin embargo, mientras no se decida que los catalanes están por encima de la ley, seguirá siendo el feo.

El malo: El Chicle

Que es un psicópata, un criminal, un traficante, un depredador sexual, un asesino, todo ello presuntamente. Pero a quien sin embargo se acusa de algo mucho peor que todas estas cosas: se le llama machista con gran indignación. Y claro que lo es. Pero a uno le da que pensar que la peor acusación que nuestra opinión pública sepa verter sobre un tipejo así sea la de machista. Una de dos: o estamos banalizando el asesinato o estamos elevando el machismo a absolutismos que no le corresponden. Ya sé que todos estos males son compatibles, e incluso que dibujan una escala gradual en las conciencias degeneradas. Pero corremos un riesgo cuando simplificamos lacras diferentes en un solo fenómeno de maldad general: el machismo. Porque si todo es machismo, al final nada lo es. La sutileza del código penal elaborado a lo largo de los siglos combate precisamente esa pereza mental para asignar a cada crimen su justo castigo. Esperemos que Abuín pase mucho tiempo en la cárcel. Y esperemos, aunque quizá esto no pase de ingenuo propósito de año nuevo, que los medios afinen su tratamiento de los sucesos, que los partidos eviten la demagogia punitiva y que, ya puestos, tengamos un 2018 mejor -más igualitario y respetuoso- para todas nuestras mujeres.

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