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Ser enfermera en una residencia: "He adelgazado 8 kilos en 3 meses, el virus se los llevaba en horas"

El estrés ha sido constante en el trabajo de Carla Mejía, que ha enfrentado la muerte. Atrás quedan los peores días, pero advierte: "Si nos portamos con egoísmo, volverán"

Ser enfermera en una residencia: He adelgazado 8 kilos en 3 meses, el virus se los llevaba en horas

Carla Mejía, enfermera en una residencia de ancianos de Madrid

Marcelino Abad
@AbadMarce92

Redactor de cope.es

Tiempo de lectura: 6'Actualizado 01:22

A Carla Mejía, enfermera en una residencia privada de Madrid, la pandemia se le nota en la cara. “He adelgazado ocho kilos en tres meses. Había días en los que no podía comer: se me hacía bola y tenía que dejarlo”, cuenta a COPE.es. Durante este tiempo, ella y el resto de profesionales de los centros de ancianos han lidiado con la muerte, muchas veces con falta de recursos, y sabiendo que ponían en riesgo su salud y la de sus familias.

El nuevo coronavirus se ha cebado especialmente con los mayores. El número de víctimas mortales en los más de cinco mil centros de ancianos de España (públicos, concertados o privados) se estima que supera las 19.000, según los datos proporcionados por las comunidades autónomas. Una cifra que equivaldría a un 69% del total notificado por el Ministerio de Sanidad.

Pregunta (P): ¿Qué ha sido lo más duro?

Respuesta (R): Lo más duro ha sido ver cómo el virus, en dos o cuatro horas, acababa con personas que aparentemente estaban bien. También que no pudieran estar los familiares con ellos en los últimos minutos porque veías el miedo en sus ojos. Ha habido momentos muy duros…

P: Habla de fallecidos… ¿Cómo se gestiona en lo personal ver morir a tantas personas?

R: Con una sensación de fracaso, de impotencia, de sobrepasarte… Los primeros días tenía una ansiedad terrible porque no sabía lo que me iba a encontrar al llegar a la residencia. Entiendes que es tu trabajo y que tienes que hacerlo por ellos, que son personas que te necesitan, por lo que tratas de hacerlo lo mejor que puedes con los medios que tienes. Pero llegar allí y ponerte el uniforme de trabajo cada mañana ha sido duro.

P: ¿Qué se le pasa a una por la cabeza cuando cada día tiene que bajar al hipocentro del virus sabiendo que se puede contagiar?

R: Los primeros momentos fueron muy duros porque cuando empiezas a ver lo que hace el virus en las personas sin saber cuál es su patrón, te da miedo y ansiedad. De hecho, las primeras semanas tuve mucha ansiedad. Pero luego dejas de lado todo, te olvidas de ti y piensas en los demás: en que la gente de la residencia te necesita, en que tus compañeros te necesitan… No les puedes fallar.

Sabes lo que te vas a encontrar, pero tu profesión es cuidar a los demás, aunque te gustaría no haber vivido nunca una situación así. Eso va por delante de lo que uno mismo quiere o necesita. Al final, te queda la sensación de haber hecho lo que te habían enseñado de la mejor manera que podías.

P: Y cuando volvía a casa, ¿cómo se sentía?

R: Hasta abril me afectó bastante porque me encerré en mí misma por el nivel de estrés y de ansiedad. Mi compañera de piso tenía mucho miedo de contagiarse, por lo que hicimos un protocolo en casa desde el principio: yo no salía de la habitación ni entraba en la cocina para evitar contaminar las cosas, tenía que dejar los zapatos fuera, las llaves en una caja que después desinfectaba…

Me sentía como infectada, como si me estuvieran rechazando, aunque no era así. Estaba muy a la defensiva, también por el bombardeo de información, lo que ves, lo que escuchas… Pero pasado el tiempo, empiezas a ver que problemas a los que le damos mucha importancia no la tienen tanto y que las cosas importantes de la vida son tu familia y tus amigos, algo tan simple como sentarte con tus padres y tus hermanos mientras cenas. Ya solo eso, ha cambiado mi perspectiva.

Creo que tenemos que sacar un aprendizaje positivo. Muchas veces nos ahogamos en un vaso de agua con tonterías. Tenemos que valorar más las pequeñas cosas y no hacer de cualquier tontería un mundo.

P: Algunos sanitarios se han encontrado con el rechazo de sus vecinos. ¿Lo ha sufrido?

R: A mí eso me enfadó bastante porque los sanitarios, además, como nos dedicamos al cuidado de las personas, somos más cuidadosos y aplicamos medidas más estrictas. En mi edificio nunca nadie me dijo nada. No he tenido ese problema, pero cuando lo veía, no me lo creía. Llegar a tu casa después de un día duro, de poner en riesgo tu vida y la de tu familia y que la gente te lo pague de esa manera, me ofende. La gente es tan sumamente egoísta…

P: ¿Cree que los sanitarios necesitarán apoyo psicológico cuando esto pase?

R: Los profesionales sanitarios deberían tener más a menudo apoyo psicológico, no solo por el coronavirus, porque en el día a día estás expuesto a muchas situaciones que te generan estrés y unas alteraciones que, si se prologan en el tiempo, pueden ser patológicas.

En la residencia, cuando uno flaqueaba, el resto tiraba del carro. Hemos hecho piña. Con una mirada era suficiente. Pero necesitamos unas vacaciones.

P: La ministra de Defensa, Margarita Robles, dijo que las Fuerzas Armadas se habían encontrado a ancianos muertos en las camas de algunas residencias. Imagino que habría inquietud entre los residentes… ¿Qué les decían para calmarlos?

R: Esas informaciones al principio parecía que querían culpar al personal de las residencias, pero la realidad es que en muchos centros ha habido una cantidad de contagios grandísimo, incluso en el personal sanitario, con fallecimientos. A mí me molestaba mucho porque estaban desbordados.

Nosotros intentábamos que nuestros residentes tuvieran mucho contacto con su familia a través de llamadas, procurábamos darles una sensación de seguridad, de que estaba todo controlado y, sobre todo, mucho cariño. Hacíamos aplausos para intentar levantarles el ánimo.

Cuando llevaban dos semanas de confinamiento, nuestra residencia cerró antes de que se decretara el estado de alarma, decidimos ir a las habitaciones a aplaudirles a ellos. Me acuerdo de que ellos nos aplaudían a nosotros. Yo me puse a llorar como una niña porque nosotros les estábamos dando las gracias por aguantar y por entender la situación. Ellos nos estaban agradeciendo el esfuerzo que estábamos haciendo. Nos decían que éramos como su familia. Eso es lo que hacía que te levantaras cada mañana para llegar al trabajo a intentar hacer las cosas lo mejor posible, aunque te esperase un día malísimo.

P: La falta de test y de material de protección ha sido una denuncia constante por parte de los sanitarios, sobre todo al inicio de la pandemia. En su caso, ¿les han hecho los suficientes test tanto a los residentes como a los profesionales?

R: En nuestra residencia hemos tenido la suerte de que de forma privada compraron los test rápidos, que nos hicieron de forma reiterada, tanto a nosotros como a los residentes. Eso ha sido muy importante porque ha permitido detectar casos asintomáticos y mantenerlos aislados para evitar contagios.

P: ¿Tenían suficientes materiales de protección?

R: También tuvimos mucha suerte porque tuvimos EPIs suficientes, incluso habiendo desabastecimiento muchas veces. Además, tenemos que agradecer las donaciones que nos hacían de mascarillas caseras de tela, de monos de trabajo de algunas fábricas… Nos llamaban de sitios que tenían material que podía ser utilizado como EPIs para preguntarnos si los necesitábamos, nos llegaron pantallas con muchos mensajes de ánimo… Esa solidaridad la agradeces y te emociona.

P: ¿Ha visto cómo a algunos residentes se les denegaba el ingreso en los hospitales?

R: En mi residencia, hubo algún caso puntual en el que se nos aconsejó no derivar a los pacientes ya que ni en el propio hospital podían garantizar los medios que requería su cuadro clínico, pero no fue la tónica general. En otras residencias sí.

P: Ahora mismo el foco se está poniendo en la actitud relajada de algunos jóvenes, que están iniciando rebrotes antes de empezar a tener síntomas. ¿Qué les diría?

R: Responsabilidad. Por mucho que se diga nueva normalidad, esa nueva normalidad implica que no puedes ir a un cumpleaños a soplar las velas porque la tarta puede contaminarse; implica no brindar si estás con tus amigos por si la copa está contaminada; implica respetar la distancia de seguridad, el lavado de manos, el uso de mascarilla; implica que podemos salir a la calle, pero no podemos olvidar que ha habido muchísimas víctimas. Ya no por nosotros, tenemos padres y abuelos, personas que pueden ser vulnerables. Tenemos que ser empáticos y dejar el egoísmo porque si no lo hacemos, vamos a volver al punto en el que estábamos. Bastante hemos pasado ya. Todos somos parte de la solución.

P: Según el Observatorio Nacional de Agresiones de la Organización Médica Colegial (OMC), entre 2012 y 2019 se registraron más de 3.429 ataques a sanitarios. ¿La sociedad se tiene que concienciar de que son los profesionales los que saben y de que no son ustedes los responsables de los tiempos de espera?

R: Bajo mi humilde opinión, tiene que haber un cambio en la forma en la que le planteamos el sistema sanitario a la sociedad. Hay que enseñarle a hacer un uso racional del sistema sanitario, por ejemplo, no ir a Urgencias por una gripe o por un catarro con el que llevas cuatro días, sino pedir cita a tu médico de atención primaria y tratártelo en tu domicilio para no contagiar.

Donde mayor número de agresiones se dan son en Urgencias porque la gente no entiende que, a lo mejor, su catarro puede esperar y, sin embargo, la persona que está con una parada respiratoria no.

La gente está cabreada con el sistema y lo paga quien da la cara, pero nosotros hacemos nuestro trabajo lo mejor que podemos, con contratos que a veces son precarios en los que hoy estás en Cirugía, mañana en Cardiología, pasado en Urgencias… Eso para un profesional es un estrés. Y así te pasas 10 o 12 años hasta que sacas una oposición. Tiene que cambiar el sistema.

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