Crítica de los estrenos de cine del 31 de enero
Análisis de los estrenos de cine de esta semana: Jerónimo José Martín y Juan Orellana comentan “La gran estafa americana”, “Al encuentro de Mr. Banks”, “La Venus de las pieles”, “Jack Ryan: Operación Sombra”, “20 años no importan”, “El caballero Don Latón”, “Into the Mind” e “Ignasi M.”.

La gran estafa americana
Madrid - Publicado el - Actualizado
16 min lectura
Películas como “Flirteando con el desastre”, “Tres reyes”, “Extrañas coincidencias”, “The Fighter” o “El lado bueno de las cosas” han convertido al neoyorquino
en uno de los cineastas de moda en Hollywood. Ahora confirma esta condición en su última película, “La gran estafa americana”, una entretenida farsa de corrupción, amor, reinvención y supervivencia, libremente basada en el denominado Escándalo Abscam. Después de ganar diversos premios de la crítica y tres Globos de Oro —mejor película de comedia o musical, actriz de comedia o musical (
) y actriz de reparto (
)—, ahora opta a diez Oscar y diez Premios Bafta, incluidos los más importantes.
Nueva Jersey, 1978. El fondón Irving Rosenfeld (
) y la seductora Sydney Prosser (Amy Adams) son dos brillante timadores profesionales, especializados en turbias inversiones financieras y artísticas. Tras varios años de fructífera relación “profesional” y afectiva, son detenidos por Richie DiMaso (
), un ambicioso agente del FBI que les obliga a trabajar para él. Su objetivo es destapar la vinculación con la mafia de diversos congresistas y senadores corruptos. Para ello, contactan con Carmine Polito (Jeremy Renner), el apasionado, comprometido y popular alcalde de Atlantic City, al que Rosenfeld, Prosser y el propio DiMaso ponen en contacto con el ficticio jeque árabe Sheik Abdullah (Michael Peña), que está interesado en invertir una millonada en la ciudad. Pero la ofendida e impredecible esposa de Rosenfeld, Rosalyn (
), interfiere en la operación.
Lo mejor de esta película son las espléndidas interpretaciones de todo el reparto, especialmente del quinteto protagonista, cuyas casposas caracterizaciones setenteras —espléndidos el vestuario de
, el maquillaje, los peinados…— les alejan de sus looks habituales. De este modo resultan entrañables los agobiados timadores Irving y Sydney, la estridente Rosalyn y hasta el engañado alcalde Polito; y genera creciente repulsión el codicioso policía DiMaso que, en su afán de ascender, provoca la misma corrupción que luego persigue. El único miedo real —y casi sin violencia física— lo genera
en su breve pero eléctrica aparición, que se convierte en un brillante homenaje a su caracterización más celebrada: la de mafioso cruel y sin escrúpulos.
Como se ve, el guion de David O. Russell y
ofrece un sabroso cóctel de géneros: comedia, drama, intriga política y de mafiosos… Además, goza de suficientes diálogos chispeantes y golpes de humor negro, muy adecuados para el juego de apariencias, engaños y mentiras que propone, demoledor respecto al llamado sueño americano. Por su parte, la fluida y naturalista puesta en escena mima a los actores, y saca partido a la esmerada ambientación de
, a la matizada fotografía de
y a la notable partitura de
, completada por una magnífica selección de canciones de todos los géneros, con
como rey de la función. En este sentido, “La gran estafa americana” recuerda para bien a filmes clásicos como “El golpe”, o modernos, como la saga iniciada por “Ocean’s Eleven”, y se aleja del cínico pesimismo de “El lobo de Wall Street”, de
, con la que tiene bastantes puntos en común.
Sin embargo, resultan excesivos tantos reconocimientos a la película, pues no aporta demasiado desde el punto de vista formal —es demasiado imitativa del cine de Scorsese—, y su ambiguo tratamiento de fondo —lleno de grises— sólo da a luz una idea brillante: “No te puedes engañar a ti mismo por mucho tiempo. Así que más vale que hagas bien tu próxima reinvención”. Se apunta, eso sí, la pérdida del sentido ético como una de las causas principales —si no, la principal— de la actual crisis económica y social. Y, frente a ingenuos buenismos, la película subraya certeramente la fragilidad de la naturaleza humana, capaz de grandes empresas, pero constantemente amenazada por su tendencia innata hacia el lado oscuro. Pero se queda corta respecto a las ricas posibilidades dramáticas y morales de su argumento, al menos en comparación con otras grandes películas de la última década. Además, abusa de un tono descarnado y grosero, a veces desagradable. Queda, en definitiva, una mascarada entretenida y maravillosamente interpretada, pero no memorable, con demasiados fuegos de artificio y mucho más intrascendente y perecedera de lo que dicen algunos.
Coinciden en la cartelera dos películas importantes que muestran sendas formas de entender la vida profesional y el éxito en los negocios. En “El lobo de Wall Street”, el único objetivo de la vida es el dinero y el placer; la consecuencia es la autodestrucción. Por el contrario, “Al encuentro de Mr. Banks” propone un camino en cuyo centro está el valor de la persona. Ambos filmes se enmarcan en la creciente moda del “biopic”, que ha hecho desfilar en los últimos tiempos versiones fílmicas de la vida —o parte de ella— de personajes tan variopintos como la
, el corrupto broker neoyorquino, cuya autobiografía ha inspirado “El lobo de Wall Street”. Por su parte, “Al encuentro de Mr. Banks” se centra en un episodio de la vida de la escritora australiana
, autora de la popular novela juvenil “Mary Poppins”, que publicó con gran éxito en 1934. Recrea sobre todo las dos semanas de 1961 en que ella se trasladó a Hollywood para negociar la venta de los derechos de esa obra a
.
Pamela es una mujer de carácter muy británico, estirada, llena de manías y complejos, que odia el modo de vida americano, Hollywood y, muy en especial, los dibujos animados. Walt Disney encarna todo eso que ella odia, pero no deja de ser un caballero, y va a tener que emplear todas sus dotes para convencer a la antipática señorita Travers de que le deje hacer un musical de su relato. En realidad, la gran baza narrativa del filme son los “flashbacks” en los que no sólo entendemos la gestación literaria de “Mary Poppins”, sino que comprendemos el alma atormentada de esa mujer, sus heridas y miedos. Precisamente en ese terreno de los afectos inconfesos y recuerdos recurrentes es en el que Disney va a encontrar los aliados necesarios para ganarse a esta imposible mujer.
Lo mejor de la película es el tono: desenfadado, pero no frívolo; fresco, pero no superficial; cómico, pero sin perjudicar el dramatismo de los “flashbacks”. El director texano
(“The Rookie”, “El Álamo”), ya había tenido que bregar con el drama en “The Blind Side” (“Un sueño posible”), una historia de acogida familiar muy emotiva, aunque sin excesos melodramáticos, que le valió a
el Oscar a la mejor actriz. También el éxito de este nuevo esfuerzo hubiera sido imposible sin el excelente trabajo de Emma Thompson, Tom Hanks y
, esta vez secundario.
está correcto, pero no deja de ser un personaje subordinado. Resulta injusta la ausencia total de estos actores en las nominaciones a los Oscar, aunque el trabajo de Emma Thompson ha sido reconocido con candidaturas al Globo de Oro y al Premio Bafta. Sí opta al Oscar la espléndida banda sonora de
, que se completa con varias versiones fragmentarias de las maravillosas canciones de
para “Mary Poppins”.
El resultado es una tragicomedia interesante, agradable, muy agradable, y que en el fondo el espectador interioriza como un excelente homenaje a esa película inmortal de nuestra infancia que es “Mary Poppins”, y a una caballerosa forma de entender la vida. Aunque el objetivo de Walt Disney es conseguir sus propósitos empresariales, nunca pasa por encima de la persona; al contrario, se apoya en ella hasta convertirla en su mejor aliada.
“El Todopoderoso le sacudió... / Y le entregó a manos de una Mujer...”. Tras este inquietante rótulo, una airosa cámara en etéreo plano subjetivo sobrevuela las mojadas calles parisinas hasta las puertas de un viejo teatro. Dentro de él, Thomas Novachek (
) acaba de finalizar un agotador e infructuoso día de audiciones para seleccionar a la protagonista de su nuevo proyecto: “La Venus de las pieles”, adaptación de la homónima novela erótica (1870) del austriaco
(1836-1895), cuyas obras dieron pie al término “masoquismo”. Tras lamentarse al teléfono por el poco empeño e interés que han mostrado las candidatas al papel, se dispone a volver a su casa. Pero entonces irrumpe en la sala Vanda (
), un torbellino de energía descarada y desenfrenada. Vanda tiene todo lo que odia Thomas: es vulgar, sin cerebro y no se detendrá ante nada hasta conseguir el papel. Pero el hombre le da una oportunidad, y Vanda le sorprende con una increíble metamorfosis. Provista de accesorios y disfraces, entiende a la perfección el personaje, y ha memorizado cada línea del guion. Mientras la prueba se alarga, la intensidad entre ellos se incrementa y la atracción se convierte en obsesión.
En “La muerte y la doncella” y “Un dios salvaje”, el veterano cineasta parisino
(“El cuchillo en el agua”, “Repulsión”, “Chinatown”, “Tess”, “El pianista”, “Oliver Twist”) ya demostró sus cualidades para llevar al cine obras teatrales con fuertes aristas dramáticas. Ahora confirma ese talento en “La Venus de las pieles”, basada en la obra del dramaturgo estadounidense
, con el que ha escrito el guion. Narrativamente, la película es un portentoso ejercicio de estilo, que exprime al máximo el escenario casi único del teatro, del que sólo sale en los planos en exteriores de entrada y salida, ambos espléndidos. También exprime Polanski a sus dos únicos actores, Mathieu Amalric y Emmanuelle Seigner, que se meten magistralmente en la piel de sus personajes, inicialmente antagónicos, pero que aprenden a compartir su tristeza y desconcierto a golpe de las violentas escenas que deben ensayar dentro del inapropiado decorado de un musical inspirado en “La diligencia”, de
Mientras tanto, la agresiva fotografía de
y la chocante partitura de
subrayan muy bien el “tour de force” de los actores, siempre en la frontera entre la realidad y la ficción, entre el pasado y el presente, al estilo de la magistral “Vania en la calle 42”, de
, o de la sobresaliente “En lo más crudo del crudo invierno”, de
.
A pesar de la sordidez de los temas que trata, la película mantiene una cierta elegancia hasta su recta final, en la que Polanski rompe el tono y se deja llevar por un facilón exhibicionismo sexual, no demasiado morboso, pero criticable. También es discutible todo el fondo de la trama, marcado por esa fascinación por lo perverso y malsano, tan característica del director de origen polaco, que aquí le lleva a navegar entre una crítica certera al hedonismo extremado —por lo que supone de cosificación de las personas y de establecimiento de crueles relaciones de dominio entre ellas—, y una cierta complacencia, de raíz individualista, hacia el masoquismo como opción sexual y vital. Más sustanciales resultan sus reflexiones sobre el arduo y a menudo doloroso proceso de la creación artística, entre las que incluye algún que otro comentario mordaz sobre el psicoanálisis. En fin, una película difícil e incómoda, decididamente minoritaria, pero con elementos de interés.
Tras realizar un acto heroico en Afganistán, el joven teniente Jack Ryan (
) se casa con Cathy (
), la fisioterapeuta que le ayudó a recuperarse de sus graves lesiones. Al poco, el capitán de la Marina William Harper (
) recluta a Ryan como analista financiero de la CIA. Comienza así a trabajar en una importante firma de Wall Street, donde pronto descubre extraños movimientos en las cuentas del turbio empresario ruso Viktor Cherevin (
), que podría estar organizando un atentado terrorista en Estados Unidos. Ya en Moscú, Ryan se verá obligado a convertirse en agente de campo y a refrescar su anquilosada formación militar.
Resulta entretenido este reinicio de las aventuras fílmicas del popular personaje literario Jack Ryan, creado en 1984 por el novelista estadounidense
(1947-2013), y al que ya interpretaron en la gran pantalla
(“La caza del Octubre Rojo”),
(“Juego de patriotas”, “Peligro inminente”) y
(“Pánico nuclear”). El joven Chris Pine lo encarna correctamente, pero sin el carisma de sus predecesores ni la solidez de Kevin Costner o Keira Knightley, que sacan más partido dramático a sus personajes secundarios. También cumple el norirlandés Kenneth Branagh (“Enrique V”, “Hamlet”, “Thor”) tras la cámara y delante de ella, en la piel de un malvado bastante convencional, al que intenta sin éxito sacarle brillos shakesperianos. En cualquier caso, ni el guion a ocho manos aporta nada nuevo al género, ni las abundantes e inverosímiles secuencias de acción resultan memorables. Con lo que queda un pasable producto comercial para entretenerse sin sobresaltos, pues, afortunadamente, su tratamiento de la violencia y el sexo es respetuoso con el espectador.
Alice Lantins (
) tiene 38 años. Es guapa, ambiciosa y profesionalmente impecable, hasta el punto de que tiene olvidada su vida afectiva —muy dañada tras varios fracasos— e incluso desatiende a su hija preadolescente Elisabeth (
). En definitiva, lo tiene todo para convertirse en la nueva redactora jefe de la glamourosa revista femenina “Rebelle”, pero le perjudica su imagen de mujer estresada y distante. Cuando se cruza en su camino el joven y encantador Balthazar
), un estudiante de arquitectura de apenas 20 años, la imagen que sus compañeros tienen de ella cambia de forma radical. Al darse cuenta de que ha encontrado la clave de su ascenso, Alice finge un romance improbable con el desconcertado Balthazar, que además no sabe cómo digerir las constantes andanzas amatorias de su frívolo padre Luc (
) con chicas más jóvenes que él.
Tras dirigir con su compatriota
las discretas películas de terror “Ellos” y “The Eye (Visiones)”, el francés
debuta en solitario con “20 años no importan”, comedia romántica con unos sugerentes mimbres narrativos, similares a los de otros divertidos enredos sofisticados de los últimos años, tanto franceses como estadounidenses. Pero Moreau no acaba de entrelazarlos bien. Ciertamente, desarrolla una fresca puesta en escena, y dirige con rigor a Virginie Efira y Pierre Niney —el memorable camarero de “La nieves del Kilimanjaro”, de
—, que logran que el espectador empatice con sus sufridos y desconcertados personajes. Además, caen simpáticas las críticas del filme a la superficial frivolidad hedonista de los colegas y amigos de Alice, dominados por la cultura de la apariencia, la eterna inmadurez narcisista y los placeres inmediatos. Sin embargo, el accidentado romance de Alice y Balthazar resulta demasiado convencional, cae a veces en lo grosero —incluidas un par de escenas sexuales explícitas— y, desde luego, no desarrolla los muchos perfiles dramáticos del llamado en Francia “fenómeno Cougar”, de mujeres famosas que salen con chicos mucho más jóvenes que ellas. Incluso, muy a la francesa, la película acaba resultando complaciente con el patético “carpe diem” del impresentable padre de Balthazar. Un casi todo vale ya muy visto y, a la postre, decepcionante.
Don Latón es un caballero engreído y cobarde pero honesto, que vive en el reino mágico de Chatarralandia, donde todo el mundo está hecho de restos mecánicos, pero vivo como si fuera de carne y hueso. Tras ganar por accidente al mejor caballero del reino, un tipo chulo y siniestro, Don Latón es despojado de su título y expulsado de su castillo. Con la ayuda de la valiente doncella Ze y del divertido dragón Coque, Don Latón intentará recuperar su honor perdido enfrentándose primero a un dragón con dos cabezas y después al chulo príncipe, que ha derrocado al Rey de Chatarralandia y se ha hecho con el poder.
Premio a la mejor película de animación en el Festival Infantil de Chicago 2013, este filme de los alemanes
adapta el libro musical de
, Se trata de una entretenida historia de redención y superación, resuelta con una notable integración de animación 3D en fondos 2D y espectaculares efectos estereoscópicos. Ciertamente, el robot protagonista se parece a WALL·E, y la familia de teteras mecánicas es clavada a la de “La bella y la bestia”. Pero son más bien homenajes dentro de un conjunto original, divertido y esmerado, que aporta aire fresco al cine de animación europeo.
Los creadores del multipremiado documental “All.I.Can”,
, viajan en “Into the Mind” por Alaska, Bolivia y el Himalaya siguiendo los pasos de diversos profesionales de esquí extremo con el afán de reflejar no sólo sus proezas físicas, sino también su fortaleza mental y su coraje, que les permite encarar retos aparentemente imposibles. Para ello, usan como hilo conductor la historia de superación de uno de esos esquiadores, al que un grave accidente en la montaña le pone al borde de la muerte.
La película se desarrolla casi sin diálogos y con permanentes montajes paralelos, y está rodada con cámaras de última generación, que permiten tomas increíbles y ofrecen una fotografía de apabullante nitidez. De este modo se entrelazan impresionantes imágenes de descensos en esquís con fragmentos de otros deportes de riesgo —surf, skate, etc—, alucinantes panorámicas aéreas de todo el mundo y sugerentes primeros planos de monjes tibetanos, chamanes esquimales y curanderos bolivianos, en un intento de dotar de dimensión mística —con un enfoque más panteísta que verdaderamente religioso— a la bella y a veces brutal integración de sus protagonistas en la naturaleza. Este recurso, que difumina los límites entre el sueño y la realidad, resulta a veces un poco cansino y enfático, aunque no rebaja demasiado la capacidad hipnótica de las impactantes imágenes gracias al apoyo que reciben de la espléndida banda sonora, compuesta por temas sinfónicos mayoritariamente New Age y por bellas canciones de todos los géneros.
“Ignasi M., reputado museólogo, vive tiempos dramáticos pero tiene la capacidad de explicarlos de forma delirantemente divertida. Durante los años de bonanza todo le iba viento en popa, pero con la crisis, su empresa quebró. La intentó salvar hipotecando su casa y está a punto de perderla acuciado por los bancos. Es gay seropositivo y participa en un programa de ensayo clínico, mientras intenta aguantar los malos tiempos y rehacer su cotidianidad disfrutando cada minuto de su vida. Su anciano padre ha intentado suicidarse y está recluido en una residencia. Su ex-mujer se mueve en silla de ruedas, y ha descubierto su lesbianismo. Sus dos hijos emigraron muy jóvenes de okupas a Londres, donde se han convertido, el mayor en un gran diseñador de FX visuales y el menor en fotógrafo muy prestigioso, pero convertido al evangelismo... Una familia compleja unida por el amor y la creatividad. Un derroche de valentía, sinceridad y humor muestra su capacidad para sobreponerse, positivamente y con esperanza, de éstas y otras muchas adversidades por muy crueles que se presenten. Una mirada ácida y crítica de las desgracias que está viviendo nuestra sociedad”.
Es muy significativa esta sinopsis oficial de “Ignasi M.”, la película número 25 del barcelonés
(“El porqué de las cosas”, “Actrices”, “Caricias”, “Amic/Amat”, “Morir (o no)”, “Año de Gracia”) y su tercer documental, tras “Ocaña, retrato intermitente” (1977) y “El Gran Gato” (2002). En ella queda clara su radical exaltación de la ideología de género —encarnada sin tapujos por el protagonista,
— y, por extensión, del relativismo moral dominante. Este enfoque desdramatiza algunas de las situaciones descritas en la película, banaliza el sexo de un modo muy exhibicionista, enrarece el sentido de la paternidad y la maternidad, muestra de un modo muy superficial el valor de la religión para tantas personas y torna discursivo y enfático el desarrollo narrativo del filme, también en su encendida defensa de la independencia de Cataluña. Por supuesto que resulta atractiva la pasión de Ignasi M. por su profesión y por la naturaleza, y su capacidad de lucha frente a las adversidades, y su voluntad de no perder la esperanza ni el buen humor, y su cariñosa relación con sus familiares y amigos. Pero sus motivaciones parecen extremadamente frágiles y, desde luego, no han sido sometidas en esta película hagiográfica a una mirada verdaderamente crítica.



