Madrid - Publicado el - Actualizado
1 min lectura
Las últimas investigaciones científicas sobre el desarrollo del “Sida”, una de las enfermedades más mortíferas de los úlimos tiempos en todo el mundo, no son precisamente esperanzadores. El virus que se transmite por vía sexual no deja de extenderse y este año se espera que haya tres millones nuevos afectados. La noticia no es buena para los numerosos enfermos que con tanto celo cuidan diversas ONG, muchas de ellas de raíz eclesial. Es evidente que todo lo que trabajen los laboratorios especializados, y lo que se haga al unísono para humanizar la sexualidad, como pidió en su momento Benedicto XVI, será bien recibido. Quiza todavía se eche en falta un congreso multidisciplinar, que estudie a fondo el problema para que toda la sociedad actúe en consecuencia.Es memorable, en este sentido. la solemne apertura de sesión del senado italiano hace años, cuando fue invitado un sacerdote a pronunciar el discurso adecuado a la solemnidad política. La sorpresa fue mayúscula cuando el presbítero, párroco de una iglesia cercana, se dedicó a denunciar el llamado lenguaje correcto que tanto ha contribuido a propagar el Sida. El sacerdote no tuvo pelos en la lengua ante los senadores para acusar a los que explotan la pobreza con el nombre de “planes sociales”, a los que eliminan seres humanos antes de nacer y lo llaman "derecho a decir”, a los que han sido corruptos bajo el techo del poder y lo achacan a la “política”, o los que han contaminado los medios con pornografía so pretexto de “libertad de expresión”. Más que nunca, hoy necesitamos palabras verdaderas, y no lenguajes vacíos que nos separan de realidad.



