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¿Somos cobardes los españoles?

Manuel Cruz

La opinión de

Según Stanley Payne, el historiador norteamericano que acaso conoce mejor España, los españoles, incluidos nuestros políticos, somos unos pusilánimes. En otra palabra menos elegante, unos cobardes. Y lo dice a propósito del escaso esfuerzo que hemos realizado para luchar contra la “leyenda negra” en el pasado y el temor con que estamos afrontando hoy la perversa ley de Memoria Histórica. Podríamos añadir también en esos miedos el separatismo catalán.

Cuando leía sus declaraciones, recogidas por esa “web” de debate que dirige con tino Justino Sinova, pensaba que en este mundo de aborregados, también hay “valientes” que saben aprovechar las debilidades de la mayoría, aunque sean unos deficientes mentales movidos por el odio. O la envidia que, hasta ahora, parecía ser el pecado capital dominante en la sociedad española. Ahí tienen el ejemplo de Rodríguez Zapatero, al que ahora quiere superar en “valentía” su sucesor Pedro Sánchez con su propuesta de “mejorar” aquella pérfida ley.

Es evidente que en medio de esta ciénaga de pusilanimidad, perfectamente reflejada en el miedo a defender a España o, simplemente, de reconocer con ecuanimidad su historia, surgen como gusanos esos otros “héroes” capaces de tomar iniciativas especialmente pensadas para desfigurar la verdad, al extremo de convertir las mentiras en leyes contra la naturaleza humana. Y, por supuesto, hay que añadir a esos “valientes” los “humoristas” que se jactan de proclamar en el escenario público su odio a la fe cristiana, como ocurre cada año en los Carnavales, las Navidades, la Cuaresma, los Reyes o en cualquier ocasión que se presente. Sin duda, cuentan con la supuesta cobardía generalizada de una sociedad cada vez más sometida al disfrute del placer como sueñuelo de felicidad, aunque no dejen de alzarse voces de protesta, ese adorno de la democracia.

El axioma de hoy podría ser “dame sexo y dime tonto”. Algunos partidos lo han entendido muy bien y están introduciendo la llamada “ideología de género” como un nuevo dogma social. Y puede que, en efecto, buena parte de nuestra sociedad, incluida la mayoría de católicos “que no practican” (¡qué contradicción!), se haya dejado seducir por la debilidad del “pensamiento políticamente correcto”.

Sin embargo, a pesar de decadencia moral que se observa por doquier, de la corrupción ambiental, de la mercancía putrefacta que nos ofrecen algunos políticos, no creo que los españoles hayamos alcanzado una absoluta igualdad de pensamiento único, es decir, de abstenernos de contraer responsabilidades o compromisos y, por lo tanto, de luchar contra lo que nos pueda parecer un plan de demolición de las virtudes personales y sociales.

Por ejemplo, cuando se aprietan demasiado las tuercas a la libertad, acudimos a esa especie de válvula de escape que es la admiración por los gestos heroicos que asimilamos como propios. En cierto modo, la tozudez de los políticos separatistas catalanes, ha suscitado una abierta admiración en parte de la sociedad catalana, que no ha dudado en darles la victoria en las recientes elecciones. A su vez, la aparición en la escena política de la utópica Tabarnia y las manifestaciones de los catalanes que todavía son fieles a la bandera nacional, han despertado también la simpatía de una inmensa mayoría social. Igual ocurre cuando nos enteramos de las acciones ejemplares de españoles anónimos, como lo era Ignacio Echeverría, cuando exponen su vida para salvar la de otros. O, de manera más simple, cuando nos sentimos orgullosos de los triunfos de atletas españoles como Rafael Nadal o el patinador Javier Fernández: admiramos su capacidad de sacrificio aunque nos dediquemos a la holganza. Y podríamos añadir, como ejemplo más reciente, el valor de Marta Sánchez al poner una emocional letra al Himno Nacional. En sentido contrario, es cierto que también nos duele ver la supuesta cobardía de algunos políticos cuando están obligados a tomar decisiones arriesgadas.

En este sentido, lo que más votos está haciendo perder a Mariano Rajoy –más incluso que los casos de corrupción- sea, posiblemente, su exceso de “prudencia” -¿pusilanimidad?- antes de decidirse a aplicar el dichoso artículo 155, cuando siempre ha estado plenamente respaldado por la ley. Y para más confusión, nos anuncia ahora, meses después, que garantizará la enseñanza en castellano en Cataluña… pero sin saber cómo, cuando la mayoría de españoles clama por la igualdad de oportunidades en la enseñanza garantizada por la Constitución. Bueno, no hay que olvidar que también pecó de pusilánime al no derogar, cuando pudo, las nefandas leyes que nos impuso Zapatero para cambiar la historia de la II República –ese paraíso de libertad para matar al contrario- y de abortar libremente como un nuevo “derecho humano”.

Curiosamente, Rajoy apenas suscita simpatías por el hecho de haber dado prioridad en sus mandatos a la batalla contra la crisis económica. Eso se daba por descontado: era su obligación. Pero lo que no ha visto con claridad nuestro presidente del Gobierno es que, por muy pusilánimes que seamos los españoles, no perdonamos fácilmente que sus jefes también lo sean. Ser cobardes no implica que no se exijan a sus gobernantes actos más valientes.

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