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El reto de un país dividido

A pesar de los muy convenientes esfuerzos institucionales para llevar a cabo un relevo tranquilo en la presidencia de los Estados Unidos, los ánimos están demasiado caldeados. La batalla política ha disparado la polarización en un país que, a menudo, ha sido ejemplar por su vida democrática. Hace unos años hubiera sido impensable que grupos de manifestantes salieran a la calle para gritar que el presidente electo no eran su presidente. Y hubiera sido también impensable que el presidente electo hubiera dicho en redes sociales que los manifestantes son profesionales y están incitados por los medios. Estamos hablando de libertad de prensa y de libertad de manifestación.La vida política en Estados Unidos ha alimentado la peligrosa espiral de culpabilizar al otro. Para unos, el votante de Trump es culpable de conducir al país al desastre; para otros, el inmigrante lo es de la pérdida de prosperidad; los banqueros y la élite de Washington de la falta de justicia social; el ignorante mundo rural del auge populista; el resto del mundo de los salarios bajos.La sólida democracia de Estados Unidos y el buen sentido del partido republicano pueden reconducir las promesas imposibles de Trump. Pero la valoración del otro, la consideración del otro como un bien es un desafío educativo. Solo una educación para jóvenes y adultos a la altura de las circunstancias puede responder al reto. En Estados Unidos y también aquí.   

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