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Audiencia del miércoles, 3 de diciembre de 2014

Os invito a dar gracias a Dios por mi viaje a Turquía

A las 10.00 de la mañana comenzaba la audiencia del Papa Francisco en la Plaza de San Pedro. Miles han sido los peregrinos que han querido estar allí para escuchar la catequesis del Pontífice en este primer miércoles de diciembre, dentro de la I Semana del Tiempo de Adviento en la que se conmemora a San Francisco Javier, Santo español del siglo XVI, Patrono de las misiones. Durante su alocución el Pontífice ha recordado su viaje a Turquía y ha recordado la importancia  de la paz y el diálogo. Después ha hecho un breve resumen en los principales idiomas y ha concluido, como siempre, impartiendo la Bendición Apstólica, de forma especial para enfermos y necesitados.

Queridos hermanos y hermanas, buenos días. Aunque no parece tan bueno el día, un poco feo, pero vosotros sois valientes, y al mal tiempo buena cara. Vamos adelante. Esta audiencia se lleva a cabo en dos lugares distintos, como hacemos cuando llueve: aquí en la plaza y luego están los enfermos en el aula Pablo VI. Yo he ido a verles, les he saludado, y ellos siguen la audiencia a través de la pantalla, porque están enfermos y no pueden venir bajo la lluvia. Les saludamos desde aquí, con un aplauso, todos.   Hoy recorremos las etapas de la peregrinación que he realizado a Turquia desde el pasado viernes hasta el domingo. Como había pedido que lo prepararais y acompañarais con la oración, ahora os invito a dar gracias al Señor por su realización, para que puedan brotar frutos de diálogo tanto en nuestras relaciones con los hermanos ortodoxos, como respecto a los musulmanes, como en el camino de la paz entre los pueblos. Siento en primer lugar el deber de expresar mi reconocimiento al Presidente de la República, al Primer Ministro, al Presidente para Asuntos Religiosos y a las demás autoridades, que me han acogido con respeto y han garantizado el buen orden de los eventos, y esto da trabajo, ¿no? Y ellos han hecho este trabajo de buen grado. Doy fraternalmente las gracias a los obispos de la Iglesia católica en Turquía, al presidente de la Conferencia Episcopal, tan valiente, por su compromiso con las comunidades católicas. Como fraternamente doy las gracias también al Patriarca Ecuménico, Su Santidad Bartolomé I, por la cordial acogida. El beato Pablo VI y san Juan Paolo II, que viajaron ambos a Turquía, y san Juan XXIII, que fue Delegado Pontificio en esa nación, han protegido desde el cielo mi peregrinación, que ha tenido lugar ocho años después de la de mi predecesor Benedicto XVI. Esa tierra es querida para todo cristiano, especialmente por ser lugar natal del apóstol Pablo, por haber hospedado los primeros siete Concilios, y por la presencia, cerca de Éfeso, de la “casa de María”. La tradición nos dice que allí fue a vivir la Virgen, después de la venida del Espíritu Santo.   En la primera jornada del viaje apostólico saludé a las autoridades del país, de gran mayoría musulmana, pero que en su Constitución se afirma la laicidad del Estado. Hablé con las autoridades sobre la violencia. Es precisamente el olvido de Dios, y no su glorificación, lo que genera violencia. Por esto insistí en la importancia de que cristianos y musulmanes se comprometan juntos por la solidaridad, por la paz y la justicia, afirmando que todo Estado debe asegurar a los ciudadanos y a las comunidades religiosas una real libertad de culto. Hoy antes de saludar a los enfermos he estado con un grupo de cristianos y musulmanes que hacen una reunión organizada por el dicasterio para el dialogo interreligioso, dirigido por el cardenal Tauran, y ellos también han expresado este deseo de ir adelante en este dialogo fraternal entre cristianos e islámicos.   En el segundo día visité algunos lugares símbolo de las diversas confesiones religiosas presentes en Turquía. Lo hice sintiendo en el corazón la invocación al Señor, Dios del cielo y de la tierra, Padre misericordioso de toda la humanidad. Centro de la jornada fue la Celebración Eucarística que vio reunidos en la catedral a los pastores y fieles de los distintos Ritos católicos presentes en Turquía. Asistieron también el Patriarca Ecuménico, el Vicario Patriarcal Armenio Apostólico, el Metropolita Siro-Ortodoxo y representantes Protestantes. Juntos invocamos al Espíritu Santo, Aquel que hace la unidad de la Iglesia: unidad en la fe, unidad en la caridad, unidad en la cohesión interior del Pueblo de Dios, en la riqueza de sus tradiciones y articulaciones, está llamado a dejarse guiar por el Espíritu Santo, en actitud constante de apertura, de docilidad y de obediencia. Nuestro camino del diálogo ecuménico, y también de nuestra unidad, en la Iglesia católica, quien lo hace todo es el Espíritu Santo. A nosotros nos toca dejarle hacer, acogerlo, seguir sus inspiraciones. El tercer y último día, fiesta de san Andrés Apóstol, ofreció el contexto ideal para consolidar las relaciones fraternas entre el Obispo de Roma, Sucesor de Pedro, y el Patriarca Ecuménico de Constantinopla, Iglesia fundada según la tradición por el Apóstol Andrés, hermano de Simón Pedro. Renové con Su Santidad Bartolomé I el compromiso mutuo de proseguir por el camino hasta el restablecimiento de la plena comunión entre católicos y ortodoxos. Juntos firmamos una Declaración conjunta, nueva etapa de este camino. Fue particularmente significativo que este acto tuviera lugar al final de la solemne Liturgia de la Fiesta de san Andrés, a la que asistí con gran alegría, y que fue seguida por la doble bendición impartida por el Patriarca de Constantinopla y por el Obispo de Roma. La oración de hecho es la base para todo fructífero diálogo ecuménico bajo la guía del Espíritu Santo, que como he dicho, es el que hace la unidad.   El último encuentro, que fue bello y doloroso, fue con un grupo de niños prófugos, huéspedes de los salesianos. Era muy importante para mi encontrar a algunos prófugos de las zonas en guerra de Oriente Medio, tanto para expresarles mi cercanía y la de la Iglesia, como para subrayar el valor de la acogida, en la que también Turquía se ha comprometido mucho. Doy las gracias una vez más a Turquía por esta acogida de tantos prófugos, y doy las gracias de corazón a los salesianos de Estambul. Estos salesianos trabajan con los prófugos, son bravos. También he encontrado a  otros sacerdotes, un jesuita alemán y otros, que trabajan con los prófugos. Ese oratorio salesiano de los prófugos es hermoso, es un trabajo escondido. Doy tantas gracias a esas personas que trabajn con los prófugos. Oremos por todos los prófugos y los refugiados, para que se eliminen las causas de esta plaga dolorosa.   Queridos hermanos y hermanas, que Dios omnipotente y misericordioso siga protegiendo al pueblo turco, a sus gobernantes y a los representantes de las diversas religiones. Que puedan construir juntos un futuro de paz, para que Turquía pueda representar un lugar de coexistencia pacifica entre religiones y culturas distintas. Oremos también para que, por intercesión de la Virgen María, el Espíritu Santo haga fecundo este viaje apostólico y favorezca en la Iglesia el fervor misionero, para anunciar a todos los pueblos, en el respeto y en el diálogo fraterno, que el Señor Jesús es verdad, paz y amor.