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Editorial, miércoles 9 de enero 2013

De los políticos se puede soportar casi todo, porque ya estamos acostumbrados. Pero lo peor de eso son sus soberbias. Y en Córdoba sabemos mucho de ello, ya que el trato que la Junta de Andalucía ha dado generalmente a nuestra capital pone a prueba cualquier tipo de paciencia. Y es que la historia demuestra que los pulsos, los castigos, las venganzas y el desprecio han sido particularmente sufridos por los cordobeses. En ambas direcciones, no nos engañemos, porque los distintos mandatos municipales – también éste-  sacan el cuello, se ponen flamencos y como un novio despechado, ofrecen su peor actitud. Podríamos recordar aquí varios de los últimos capítulos de esta crónica del desamor, del eterno desencuentro, como es el Centro de Congresos y la negativa de apoyar la iniciativa del equipo de gobierno municipal o, en la otra dirección, no contar con la Consejería de Agricultura en la presentación de Agrópolis, dando por anticipado que sería un popular el que se sentara al frente de la administración andaluza, como finalmente no fue. El penúltimo capítulo de este teatrillo lamentable lo contaba ayer la responsable de movilidad de la casa consistorial, aportando cifras del dinero que nos cuesta a los cordobeses tener todavía cerrado al transporte público el último tramo de la Ribera, ya finalizado, y de competencia autonómica. Dicen los pasillos que la Junta espera a que el señor Griñán, tan empeñado en la nueva cortina de humo que es el Pacto por Andalucía, espera tener hueco en su agenda para inaugurar de una tacada varias cosas a la vez con toda su pompa y cohorte. El caso es que aquí seguimos, pagando las soberbias, las bajezas políticas de quienes nos mal gobiernan, con una Ribera cuyo arreglo también hemos costeado – no lo olvidemos- y esperando que nuestros señoritos, los unos y los otros, ejerzan de una vez de lo que son: servidores públicos, en vez de soberbios revestidos de cargo que abusan del pueblo que siempre paga. Y de momento, sigue sin autobús por la Ribera.