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Editorial, lunes 28 de enero 2013

De 

El Diario Córdoba, en su edición de ayer domingo, recogió en un gran reportaje un dato espeluznante: Córdoba desperdicia al año 130.000 toneladas de comida. El Banco de Alimentos rescató del vertedero dos millones de kilos de productos todavía aprovechables y que el 42 % de los desechos que acaban en los contenedores salen de los hogares. El reportaje, firmado por Araceli Arjona, es una auténtica bofetada en la cara y en la conciencia de todos nosotros, porque, en mayor o menor medida, todos participamos de esta tragedia que la sociedad del bienestar que ahora se resquebraja nos permite realizar.  Advierte el reportaje así mismo, sobre la habitual confusión que existen entre las fechas de caducidad y las de consumo preferente, pero eso se debe, quizá, al oscuro truco que las empresas de alimentación, con un etiquetado poco claro, realizan para que el consumo sea mayor, más rápido, con más beneficios para las cuentas de explotación. Pero ello no debe tranquilizarnos ante una indecente realidad: existe mucha gente, cada vez más, que pasa hambre y una cantidad considerable de ciudadanos tiran la comida. Cuando de la crisis se habla como producto de una debilidad moral, esto puede ser una prueba de ello, ya que nos hemos acostumbrado a vivir tan cómodamente, en nuestros propios paraísos comprados mientras se puede, que cuando el hambre ha hecho acto de aparición, es cuando realmente reparamos en cómo somos, en cómo hemos sido. Ojalá que datos contundentes y tristes como éstos nos hagan reflexionar no en cómo salir de la crisis, sino en no perder nuestra capacidad humana de ser solidarios, austeros, prescindir de los engaños de la sociedad de consumo y ser mejores personas, para con nosotros y los demás.

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