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El bueno, el feo y el malo, viernes 24 de noviembre

 Cuando parece que Cataluña nos va a dar un respiro antes de que arranque la campaña, cuando parece que podremos hablar al fin de asuntos comunes y de problemas graves que se mueren de incuria y silencio, de pronto aparece otro ombligo periférico hipertrofiado para acaparar toda nuestra atención. Porque esta semana hemos cambiado un nacionalismo por otro, el catalán por el vasco. España es un país original donde las energías del conjunto las despilfarramos en aquellas partes que invierten las suyas propias en distinguirse de España. El lucrativo negocio de ser antiespañol ha tenido esta semana en el cupo vasco su mejor ejemplo, que es tan viejo como las guerras carlistas y tan eficaz como el cambalache de vender votos por dinero. Claro que todo eso se hace a costa de la solidaridad entre todos los españoles, por muy constitucional que sea.

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El bueno: Joan Baldoví

Efectivamente, Juan Pablo. No sorprende que Ciudadanos haya hecho bandera de la denuncia de la injusticia que entraña este cuponazo pactado a oscuras entre PP y PNV, porque al fin y al cabo los de Rivera nacieron para impugnar el nacionalismo y reivindicar la igualdad de los españoles nacieran donde nacieran. Pero damos la bienvenida a Compromís a esa idea de comunidad que tanto cuesta que arraigue en la izquierda, enganchada desde hace décadas a la complicidad con los más reaccionarios nacionalismos con tal de arrebatar juntos el poder a la derecha. Baldoví se quejó a Montoro de que se haya dado tanta prisa en cerrar acuerdos con los vascos y demore tanto la reforma del modelo de financiación zapateril que machaca a Valencia y a otras autonomías. Y con su audaz posicionamiento, Compromís se ha enemistado con el PNV, con las confluencias podemitas y por supuesto con los indepes catalanes. Por más que discrepe de muchos postulados ideológicos de Baldoví, esta semana ha demostrado que el verdadero progresismo no se arrodilla ante el hecho diferencial, calce txapela o barretina.

El feo: Aitor Esteban

Y fíjate que no elegimos al portavoz del PNV como malo de la semana porque, en el fondo, él está haciendo su trabajo. ¿Cuál es el trabajo de un nacionalista vasco? Pues el de siempre: recoger las nueces. El PNV es el primer recolector de nueces del planeta. Antaño las nueces venían teñidas de sangre terrorista, pero ahora, por fortuna, lo único que explota el PNV es la debilidad parlamentaria del PP. Y en eso son los mejores, hay que reconocerlo. Ahora bien: está feo aprovecharse de los débiles. Que no son los diputados del PP: son todos los españoles que no han tenido la fortuna de nacer en Euskadi o Navarra, y que en algunos casos carecen de infraestructuras mínimamente primermundistas, como Extremadura, o de servicios de salud decentes, a pesar de pagar religiosamente sus impuestos y no creerse superiores a ningún otro paisano. Se percibe un claro hartazgo de estas asimetrías injustas, y por eso sube la bolsa de votos de quienes las censuran sin tapujos.

El malo: Nuria de Gispert

Que es una señora que ha perdido completamente la cabeza en el mejor de los casos, o la humanidad más básica en el peor. Doña Nuria está usando Twitter al más puro estilo Trump, y entre semejante magisterio y sus ataque de locuacidad senil, la mujer que llegó a presidir el Parlamento de Cataluña se permite expectorar el supremacismo de aldea que la habita, poniéndolo todo perdido de pota racista. Como cuando mandó a Arrimadas de vuelta a Cádiz, o cuando cargó contra compañeros míos de El Mundo, o cuando ha publicado el nombre del colegio al que va la hija pequeña de Albert Rivera, a ver si algún muchacho de Arran se anima a un escrache infantil. Da la impresión de que la Gispert, con la edad, ha relajado tanto sus esfínteres morales que confunde, como Guardiola, la colonia con la meada.

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