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J.L. Restán | Línea editorial

Un mensaje de fraternidad universal

 

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Pasado el rubicón del viejo calendario, resuena con su profunda carga humana el mensaje del Papa para la Jornada de la Paz del día de Año Nuevo. Francisco ha dedicado su mensaje a los emigrantes y refugiados que huyen del hambre y de las guerras en busca de la paz en otras tierras, que con frecuencia les resultan inhóspitas. Más de 250 millones de personas son emigrantes en el mundo, y de ellos casi 23 millones son refugiados. Son hombres, mujeres, jóvenes, niños y ancianos que buscan un lugar para vivir en paz, y también para llevar la paz con su trabajo y su cultura.

El Papa ha recordado la sabiduría de la Doctrina Social de la Iglesia a este propósito, y ha reclamado la responsabilidad de los Gobiernos de los países donde llegan los migrantes. Francisco pide que se amplíen las posibilidades para su entrada legal y que no sean expulsados hacia donde no se respetan los derechos humanos; que se reconozca y garantice su dignidad; que se promueva su desarrollo humano integral y se trabaje para que participen plenamente en la vida de la sociedad que los acoge. Precisamente este año que empieza están previstas dos asambleas de Naciones Unidas para promover dos grandes pactos mundiales: uno destinado a regular y dar seguridad a las migraciones y otro dedicado a los refugiados. Serán ocasiones singulares para que el mundo afronte el problema migratorio desde una perspectiva inteligente y humana, al servicio de la justicia y de la paz.

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