Envío y acogida, por José-Román Flecha

Envío y acogida, por José-Román Flecha

Redacción digital

Madrid - Publicado el - Actualizado

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Un matrimonio de Sunén suele recibir al profeta Eliseo y decide preparar una habitación en la terraza de su casa para recibirlo cada vez que pase por allí.

La hospitalidad hacia el profeta recibe de Dios el premio de una fecundidad siempre esperada. Aconsejado por Guejazí, su criado, Eliseo promete a aquel matrimonio que el año próximo por la misma época, la mujer estaría ya abrazando a un hijo (2 Re 4,8-14).

En el evangelio de este domingo se recuerda el discurso de misión que Jesús dirige a sus apóstoles (Mt 10,37-42). En él se incluyen siete observaciones importantes. Son cuatro advertencias sobre el desprendimiento que se pide al enviado y tres gestos de hospitalidad que se esperan de una comunidad cristiana ideal:

– Habrá de acoger a los enviados como si acogiera al Señor que los envía.

– Habrá de recibir a los profetas, no solo por cortesía, sino tan solo por ser profetas.

– Habrá de mostrarse siempre hospitalaria con los discípulos del Maestro.

EL JUSTO

Estas observaciones se refieren a la persona de Jesús. Así lo indica el estribillo que se repite al fin de casi todas las indicaciones. "El que no me sigue no es digno de mí". "El que pierda su vida por mí, la encontrará". "El que os recibe, me recibe a mí".

Es Jesús el que habla. Es Él quien motiva las decisiones radicales del creyente. Es Él el único por quien se puede entregar la vida. Es Él quien es recibido cuando se recibe a sus mensajeros y a sus discípulos.

Solo hay una frase que constituye la excepción y no incluye una referencia explícita a Jesús: "El que recibe a un justo por ser justo, tendrá paga de justo". Esta frase parece ser el resumen de todas las demás. ¿No habría que escribir con mayúscula la última palabra? Quien recibe a un justo, recibirá la recompensa del Justo que con él se ha identificado.

EL ENVIADO

El verbo "recibir" aparece muchas veces en la boca de Jesús, como un eco de la hospitalidad, propia de su pueblo. Y un signo del reino de la gratuidad que Él anunciaba.

– Señor Jesús, sabemos y confesamos que tú has sido enviado por el Padre celestial. Creemos también que nos envías a nosotros por los caminos del mundo para anunciar con fidelidad tu mensaje de salvación. Y queremos ser conscientes de que la hospitalidad que recibamos se debe solamente a ti.