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Ser pequeño para que Dios te haga grande

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Javier González
Javier González

Redactor COPE

Tiempo de lectura: 2'Actualizado 19 oct 2018

“El que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos.” “Pues vaya”, podrías decir, “a mí me gustaría ser grande: tener éxito en el trabajo, ser admirado, meter más goles en el partido de los sábados... ¿qué tiene eso de malo?”

Y yo te diría: “pues así a primera vista, la verdad, no tiene nada de malo.” Le daría un trago a la caña. Buscaría una aceituna con la mirada perdida en esa tensión del silencio, y aprovecharía para pensar un poco más. Y de repente: “Tío, en verdad ¿por qué nos da tanto miedo no ser grandes?”

“Con lo bien que se está estando tranquilo. Sin angustias, sin tanta responsabilidad... No me malinterpretes que soy muy responsable. Pero en realidad, todo ese éxito ¿a costa de qué vendría?”

“Pues no lo sé,” me responderías, ”pero no me importaría reflexionar sobre ello en una casa más grande, con jardín, con un jacuzzi, un buen Lamborghini...” Yo me rascaría la barba mientras te escucho, por supuesto como siempre atentamente y continuaría con mi reflexión.

“Ya. Si todo eso está muy bien. Pero... ¿es eso lo que da la verdadera felicidad? Tenemos muchos ejemplos a nuestro alrededor de personas importantes y exitosas; y no creo que ninguna pueda presumir de haber alcanzado la felicidad absoluta.”

Y seguiría dando la brasa: “Tú te imaginas -que presión- ¿ser siempre el mejor y el primero? ¿Que todo el mundo te mire y que tú tengas que estar ahí siempre, dando el cayo, con ese nivel de exigencia? Porque ninguno somos perfectos, eso está claro. No entiendo por qué ese empeño en tener que ser siempre 'el mejor'. Pues yo no quiero ser el mejor.”

Y tú me mirarías ojiplático o ojiplática y apuntarías con razón: “Mira que eres raro.” Y tendrías razón. “Mira, si nos preocupáramos más por ser mejor haciendo feliz a los demás, el mundo sería muy distinto. Pero eso no vende.”

“La fama se termina, los músculos se nos acabarán cayendo y el dinero no da para comprar el estar siempre feliz. Y encima hay que ganárselo. Pero ayudar y querer a los que tenemos cerca de nosotros... ¿a que eso sí que da felicidad? Y es gratis”

“Tú cuando eras un niño, ¿qué preferías? ¿Jugar con tu padre o jugar a la consola?” “Pues a ver, el videojuego a mí me gus...” “No me interrumpas buen hombre, que para eso este es mi texto.”

“Cuando quedas con tus amigos, ¿qué es más importante? ¿El lugar? ¿La comida? ¿O pasar un buen rato con ellos? La felicidad no puede comprarse con éxito, fama o dinero. La cosa está en dar, no en recibir. Ya lo decía Jesús. ¿Estarías dispuesto a pagar el precio de ser el mejor? ¿Serías capaz de morir en la cruz como hizo él? Pues entonces no pidas tanto y se pequeño pero feliz. Con lo bien que se está sabiéndose hijo, sabiendose imperfecto, con humildad, sin un ego que nos nuble la inteligencia... Con lo bien que se está siendo pequeño y que Dios te engrandezca. Ese es el más grande al fin y al cabo.”

“Qué pesado te pones cuando te pones filosófico Javi.”

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