El DOMUND transforma mi mundo

El pasado 15 de junio, durante una reunión de tantas, me descubrí haciendo cábalas mentales acerca del aluvión de trabajo que iba a suponer el DOMUND

Teresa Lapuerta

Teresa Lapuerta

Tiempo de lectura: 2'Actualizado 29 oct 2018

El DOMUND transforma mi mundo

 

“Son seres humanos que entregan su vida para cambiar el mundo. ¿Puede haber algo más bello? Es imposible rozarles y que no transformen el tuyo”

Sucedió el pasado 15 de junio, durante una reunión de tantas. Me descubrí haciendo cábalas mentales acerca del aluvión de trabajo –también desde la vertiente periodística– que iba a suponer la celebración en la provincia (eclesiástica) de Valladolid de ‘El DOMUND al descubierto’. Y más que agobio, el inicio de la campaña me produjo una sonrisa. Desde aquí confieso mi absoluta simpatía y admiración por los misioneros, por esos doce mil evangelizadores españoles que han recibido la llamada de la misión y lo han dejado todo por Cristo y por la dignidad de sus hermanos. Por ese “ciento por uno” que es denominador común en todos ellos. Porque el DOMUND comenzó a trastocar “mi mundo” desde niña, con las entrañables huchas, el entusiasmo de los postulantes y las decenas de ejemplos de entrega absoluta que nos llegaban desde los lugares más remotos del planeta. De esa entrega que no parece humana…, más que nada porque sin Dios no sería posible.

El nuevo toque de atención me llegó en el transcurso de aquella reunión y tuvo mucho que ver con Anastasio Gil. El entonces director de Obras Misionales Pontificias, muy enfermo ya, me abrió los ojos con su entusiasmo vital –¡vaya preciosa paradoja!– y me recordó que la misión es cosa de todos: De los que están allí y de los que desde aquí apoyan su labor evangelizadora con la oración… o rascándose un poco el bolsillo. De mí, que tenía en mis manos la oportunidad de contribuir a la causa dando a conocer un poco más su inconmensurable labor.

“Daba sin tregua la lata a los periodistas para hacer visibles a los misioneros en los medios”. Las palabras de nuestra compañera y pregonera de excepción del DOMUND 2018, Cristina López Schlichting, en la Catedral de Valladolid, el 11 de octubre, apenas un mes después del fallecimiento del director de las Obras Misionales, volvieron a hacerme sonreír. Cuánta razón tenía Cristina. El “pedigüeño” de Anastasio me recordó a la Madre Teresa de Calcuta, que no tenía reparos en pedir todo para darlo todo. Ambos eran misioneros.

Más avisos. Durante la preparación y desarrollo de la celebración de esta campaña (del 1 al 26 de octubre) he tenido la oportunidad de contagiarme también del júbilo de los trabajadores de OMP y del de los delegados de misiones de las diócesis de nuestra provincia eclesiástica. Hay que ser de piedra para no impregnarse de la belleza de la misión cuando se entra en contacto con ella. Y, sobre todo, he tenido la suerte de conocer de cerca el testimonio de algunos evangelizadores.

Historias como la de Luis Miguel González, misionero en República Dominicana, cuya vocación nació fruto del contagio y la observación de evangelizadores que, fundamentalmente, “eran personas felices”. La de Luis Mateo, padre Claretiano, 32 años en Panamá y 11 en Costa Rica, perseguido por su compromiso con la justicia. La de Montserrat García, misionera comboniana en Ecuador, México y Guatemala, para quien su vida se resume en “dar un poco y recibir mucho” y que quiere regresar a toda costa porque “el misionero lo es de por vida”. La del joven Ivabuldo Desousa, cuya vocación misionera nació, precisamente, en una misión brasileña y que un año después de ordenarse ya clama por un destino… Historias de seres humanos que entregan su vida para cambiar el mundo. ¿Puede haber algo más bello? Es imposible rozarles y que no transformen el tuyo.

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