"Jesús, en ti confío". La Pascua de la Misericordia

"Jesús, en ti confío". La Pascua de la Misericordia

Agencia SIC

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Mons. Joan E. Vives El domingo después de Pascua se llama también "Domingo de la Divina Misericordia", por expreso deseo del Papa S. Juan Pablo II que quiso cumplir lo que a través de una humilde religiosa polaca, Sta. Faustina Kowalska (1905-1938), el mismo Jesús quería: "La humanidad no encontrará paz hasta que no se dirija con confianza a la Divina Misericordia". Esta misericordia es el don pascual que la Iglesia recibe de Cristo resucitado y que ofrece a la humanidad, en los inicios del tercer milenio. Un mensaje que nos conviene conocer y profundizar en este Año santo de la Misericordia, comprometidos a ser "misericordiosos como el Padre".

Decía S. Juan Pablo II: "¡El Corazón de Cristo! Su "Sagrado Corazón" lo ha dado todo a los hombres: la redención, la salvación y la santificación. De este Corazón lleno de ternura, Sta. Faustina vio salir dos haces de luz que iluminaban el mundo. Los dos rayos -como le dijo el mismo Jesús- representan la sangre y el agua. La sangre evoca el sacrificio del Gólgota y el misterio de la Eucaristía; el agua, según la rica simbología del evangelista Juan, alude al bautismo y al don del Espíritu Santo. Mediante el misterio de este Corazón herido, no cesa de difundir también entre los hombres y las mujeres de nuestra época el flujo restaurador del amor misericordioso de Dios. Quien aspira a la felicidad auténtica y duradera, sólo en Él puede encontrar su secreto".

Sta. Faustina, que es conocida como la mensajera de la Divina Misericordia, recibió revelaciones místicas en que Jesús le mostró su Corazón, fuente de misericordia y le expresó su deseo de que se estableciera esta fiesta. Los apóstoles de la Divina Misericordia son sacerdotes, religiosos y laicos, unidos por el compromiso de vivir la misericordia en la relación con los hermanos, dar a conocer el misterio de la Divina Misericordia, e invocar la Misericordia de Dios hacia los pecadores. La oración agradecida a las 3 de la tarde, y la jaculatoria "Jesús, en ti confío", expresan muy bien la actitud con la que también nosotros queremos abandonarnos con confianza en las manos del Señor Resucitado en esta Pascua y siempre. El que sintoniza con los sentimientos del Corazón de Jesús aprende a ser constructor de la nueva civilización del amor. Un simple acto de abandono romperá las barreras de la oscuridad y la tristeza, la duda y la desesperación. Los rayos de su misericordia divina devuelven la esperanza, de manera especial, al que se siente oprimido por el peso del pecado.

Jesús le dice a la religiosa: "Esta Fiesta surge de mi compasión más entrañable. Deseo que se celebre con gran solemnidad el primer domingo después de Pascua de Resurrección. Deseo que la Fiesta de la Misericordia sea refugio y abrigo para todas las almas y especialmente para los pobres pecadores. Las entrañas más profundas de mi misericordia se abren ese día. Derramaré un caudaloso océano de gracias sobre aquellas almas que acudan a la fuente de mi misericordia". Tanto creyentes como no creyentes podemos admirar en Cristo humillado y sufriente una solidaridad sorprendente, que lo une a nuestra condición humana más allá de cualquier medida imaginable. La cruz, incluso después de la resurrección del Hijo de Dios, "habla y no para nunca de decir que Dios-Padre es absolutamente fiel a su eterno amor por el hombre (…) Creer en ese amor significa creer en la misericordia" (Juan Pablo II, Dives in mis., 7).

+ Joan E. Vives

Arzobispo de Urgell

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