La Vida Consagrada con María, esperanza de un mundo sufriente
La Vida Consagrada con María, esperanza de un mundo sufriente
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Querido diocesanos:
Un año más el 2 de febrero celebramos la fiesta de la Presentación del Señor en el templo. Desde el año 1997, por iniciativa de san Juan Pablo II, se celebra ese día la Jornada Mundial de la Vida Consagrada. En ese día miramos a la vida consagrada y a cada uno de sus miembros como un don de Dios a la Iglesia y a la humanidad.
Juntos damos gracias a Dios por las Órdenes e Institutos religiosos dedicados a la contemplación o a las obras de apostolado, por las Sociedades de vida apostólica, por los Institutos seculares, por el Orden de las vírgenes, por las Nuevas Formas de vida consagrada y por otros grupos de consagrados, como también por aquellos que, en el secreto de su corazón, se entregan a Dios con una especial consagración.
El lema de este año 2020 es: "La vida consagrada con María, esperanza de un mundo sufriente". La persona consagrada, con su palabra, con su acción, pero sobre todo con su propia vida de consagración, es testigo y anuncio de la esperanza en el mundo actual en el que hay tanto sufrimiento. Y lo será en tanto en cuanto aprenda de María y con la Virgen, Madre de la esperanza, a esperar sólo en Dios.
Pero, ¿qué es exactamente la esperanza? El Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña que "es la virtud teologal por la que aspiramos al reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo" (n. 1817).
Y la Virgen María, en efecto, confió en las promesas de Dios, con esperanza cierta de que se cumplirían: Dios redimiría a su Pueblo. Ella, que era virgen, sería Madre del Hijo de Dios por obra y gracia del Espíritu Santo. Este Hijo, que en nada se diferenciaba de cualquier otro niño pobre, pequeño y desvalido, sería Luz de las naciones, Salvador del mundo. Cuando le vio maltratado y crucificado no perdió la esperanza en que resucitaría, venciendo la muerte. Cuando vio el desconsuelo y la desesperación de los discípulos tras el Viernes Santo, ahí estaba "Ella, madre de esperanza, en medio de esa comunidad de discípulos tan frágiles", tal y como subraya el papa Francisco (Audiencia general, 10.V.2017), y no dejó de confiar en que la Iglesia crecería y cumpliría su misión de llevar el Evangelio al mundo entero, y que el Reino de su Hijo no tendría fin. Después de la Ascensión de Jesús a los cielos, Ella sostuvo la espera del acontecimiento de Pentecostés.
Continúa explicando el Catecismo que "la esperanza corresponde al anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo hombre; asume las esperanzas que inspiran las actividades de los hombres; las purifica para ordenarlas al Reino de los cielos; protege del desaliento; sostiene en todo desfallecimiento; dilata el corazón en la espera de la bienaventuranza eterna. El impulso de la esperanza preserva del egoísmo y conduce a la dicha de la caridad" (n. 1818).
Así también hoy nuestra Madre desde el Cielo continúa alentando nuestra esperanza; y los consagrados participan de esta misión de llevar esperanza a un mundo sufriente:
María acudió rápidamente a ayudar a su anciana prima Isabel en los últimos meses del embarazo. Con ella, miles de personas consagradas en todo el mundo atienden a madres con dificultades, luchan por la vida del no nacido, cuidan a ancianos abandonados, a enfermos y a personas vulnerables.
María cuidó y educó a Jesús. Con Ella, los consagrados se dedican con mucha frecuencia al servicio de la educación de niños y jóvenes.
María estuvo al lado de su Hijo en su pasión y muerte en la cruz. Con Ella, son muchos los consagrados que están cerca de los encarcelados, de los que sufren violencia, persecución o explotación.
Tras la muerte de Jesús, María acompañó a los Apóstoles, alentando la esperanza en la Resurrección y en la venida del Espíritu Santo. Con Ella, las personas consagradas llevan aliento y consuelo a quienes sufren tristeza, incomprensión, rechazo, angustia, desesperación.
Pero, sobre todo, María y con Ella las personas consagradas son fuente de esperanza en todas esas situaciones, porque entregan al mundo a Jesucristo, es decir, a Aquel que vino a dar sentido al sufrimiento y a la muerte, porque es Aquel que venció el pecado, origen de todos los males que sufre la humanidad.
María y las almas consagradas anuncian que el mal no tiene la última palabra, porque el Bien, que es Dios, es más fuerte; que en el Reino de los Cielos "ya no habrá muerte, ni duelo, ni llanto ni dolor" (Ap 21, 4), porque no habrá pecado; y que debemos anticipar ese Reino ya en este mundo, mediante nuestras buenas obras, y nuestra caridad, fe y esperanza. Sólo así seremos para los demás "estrellas de esperanza" (Benedicto XVI).
La Santísima Virgen María, mujer consagrada a Dios, es Madre de nuestra esperanza y causa de nuestra alegría. Ella nos enseña a vivir con paz, plenitud y alegría el seguimiento radical de nuestro Señor Jesucristo en pobreza, castidad y obediencia. Nuestra Señora es la Madre que presenta en el templo a su hijo al Padre, dando continuidad al "fíat", al "sí" pronunciado en el momento de la Anunciación del Arcángel san Gabriel. Que Ella sostenga y acompañe siempre a las personas consagradas en su vocación, consagración y misión.
Con mi afecto y bendición,
+ Vicente Jiménez Zamora
Arzobispo de Zaragoza