Todos emplazados a orar por la paz

Todos emplazados a orar por la paz

Agencia SIC

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Mons. Antonio Cañizares La paz está amenazada, muy amenazada. La paz está rota en Siria y en otros muchos lugares de la tierra. Guerras, conflictos, violencia, terrorismo…, continúan cosechando víctimas inocentes y generando divisiones y heridas que no se cierran. La paz parece, a veces, una meta verdaderamente inalcanzable. Con el panorama de fondo que tenemos en estos últimos tiempos, ¿cabe esperar la paz? ¡Sí, cabe esperar que venga la paz! ¡Podemos y debemos esperar una verdadera paz en el mundo; habrá un futuro de paz en la tierra! ¡La paz es posible! No se trata de un slogan, sino de una certeza, porque la paz ha llegado ya en Aquél que trae la paz, que anuncia gozosamente la paz, que ha vencido el odio, que proclama bienaventurados a quienes trabajan por la paz. Siempre ?también hoy? es posible la paz, si se quiere y busca verdaderamente la paz, si no hay otros intereses que la impiden y se ponen sobre ella, o se anteponen a ella. Y si la paz es siempre posible, inseparablemente es objeto de un deber imperioso, de un compromiso insoslayable:

Ante una paz amenazada y rota, en una situación difícil para la paz como la que atravesamos, no podemos cruzarnos de brazos, o permanecer atenazados por el temor o la incertidumbre, o por la sola crítica a quienes la amenazan o la rompen. Necesitamos intervenir. Todos. El Santo Padre no cesa de llamar a la paz, sobre todo en Siria, y hasta en el mismo semblante suyo de preocupación que se adivina en su rostro cuando recuerda el drama de los refugiados, de la violencia, nos está urgiendo y apremiando a que hagamos lo que esté en nuestras manos por la paz.

"Para conseguir la paz, se necesita valor, mucho más que para hacer la guerra, se necesita valor para decir sí al encuentro y no al enfrentamiento; sí al diálogo y no a la violencia; sí a la negociación y no a la hostilidad; sí al respeto de los pactos y no a las provocaciones", así se expresaba el Papa Francisco en la oración por la Paz en Tierra Santa, el 8 de junio de 2014.

Este llamamiento no cesa de recordarnos que una de las intervenciones, sin duda una de las más poderosas, es la oración. La oración entraña un enorme poder espiritual, sobre todo cuando va acompañada del ayuno, del sacrificio y del sufrimiento. Por eso, conscientes de la fuerza de la oración y del ayuno y penitencia, ahora secundando, de alguna manera, aquel gesto suyo de convocar a toda la Iglesia, al resto de las confesiones cristianas, a las otras religiones e, incluso, a los no creyentes, a una jornada de ayuno y de oración, también nosotros, aquí en Valencia hacemos conjuntamente líderes o responsables de las grandes religiones arraigadas en Valencia una convocatoria a la oración el día 10 de este mes de febrero, a las cinco de la tarde, en el salón de actos de la Facultad de Teología. Providencialmente para los católicos ese día coincide con el Miércoles de Ceniza, con el que abrimos el tiempo de la Cuaresma, día de oración, ayuno y penitencia, que necesitamos ofrecer desde lo más hondo de nuestro ser por la Paz, y el respeto a la dignidad humana en todos los lugares, especialmente en aquellos focos de fuego devorador que anula esa dignidad, como pueda ser en estos momentos Siria, y, en conjunto, Oriente Medio, la zona de donde se sembró la paz en la tierra para comunicarla y trabajar por ella.

Todas las entidades religiosas coincidimos en la dignidad y sacralidad del ser humano, y la Paz es el único camino para desarrollar su dignidad. Ninguna religión fomenta ni alienta la violencia y es momento para que todas las voces expresemos juntas nuestro deseo de Paz. Todos oraremos juntos, cada entidad, desde su fe o creencias religiosas, pero todos inequívocamente a favor de la Convivencia y la Paz. Se trata de una manifestación plural y diversa donde la palabra trascendente desde distintas voces dará lugar a una única plegaria materializada en la "oración por la Paz", que sólo Dios nos puede dar. Una plegaria que se elevará físicamente desde un lugar concreto en Valencia, pero que quiere verse, que debería verse acompañada en todos los rincones de Valencia y de la tierra: el mundo de rodillas implorando la paz, de Quien viene y vendrá, con toda certeza, la paz.

Todos quedamos emplazados para unirnos desde nuestro sitio, para seguir orando y suplicando a Dios por la paz, con ayuno y sacrificio, unidos a tanto sacrificio de cuantos sufren lo inimaginable por la falta de paz, por la guerra fratricida ?amasada de intereses bastardos?. La oración nos ha de unir a todos ante Dios, justo y misericordioso, rico en misericordia con obras, especialmente los sufridos y víctimas de la violencia o de la guerra.

La Iglesia, por su parte, no tiene divisiones militares ni armas, pero tiene un arma que es más poderosa que todos los sofisticados armamentos destructores de nuestros días: tiene la oración, la oración por la paz que traerá la paz a la tierra, si de verdad oramos y lo hacemos con verdadera confianza y constancia. La oración, resistente como el acero cuando se templa bien al fuego del sacrificio y del perdón, hecha con fe y absoluta confianza y con todo el corazón, es la sola arma eficaz para penetrar hasta el corazón, que es donde nacen los sentimientos y las pasiones de los hombres, arma eficaz para acabar con la guerra, para que se implante la paz y se destierre de manera definitiva la violencia, el odio, la injusticia.

Para alcanzar la paz, además, educar para la paz. Esto es más urgente que nunca, porque los hombres, ante las tragedias violentas y destructoras que siguen afligiendo la humanidad, están tentados de abandonarse a la resignación y al fatalismo, como si la paz fuera un ideal inalcanzable. Hay que seguir apostando por una evidencia: ¡la paz es posible; más aún, la paz es necesaria! Necesitamos la paz que exige dominar el afán que en todo hombre se da de sobresalir y de vencer, la intolerancia frente a los que piensan de manera diferente, o la tendencia a la exclusión. Necesitamos la paz, que es fruto del cumplimiento de las bienaventuranzas, de la extinción de la causa de la violencia y de la ambición desmesurada del poder, de las riquezas, del interés propio y del egoísmo. Necesitamos la paz que antepone a otras cosas la mansedumbre, que ofrece a los demás el poder y la supremacía ?que no el "vasallaje", ni la rendición a la injusticia, ni a la iniquidad?, y que exige hacer gestos valientes de desarme, de diálogo auténtico, de afabilidad firme. La paz exige humildad ?también social? para aceptar cualquier iniciativa que venga a solucionar o a perfeccionar la vida social. La paz se ha de construir sobre los cuatro pilares de la verdad, la justicia, el amor y la libertad. Que la próxima e inmediata Cuaresma, con la ayuda de Dios, nos ayude y encamine a esto.

+ Antonio Cañizares Llovera

Arzobispo de Valencia