La Santidad de María

La Santidad de María

Agencia SIC

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Mons. Enrique Benavent El próximo día 8 de diciembre, solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María, clausuraremos en nuestra diócesis el Año Jubilar que hemos celebrado con motivo del cuarto centenario de la fundación de la Real Archicofradía de la Virgen de la Cinta. Las numerosas iniciativas que se han llevado a cabo durante todo el año nos han permitido conocer mejor la grandeza de la historia de la devoción mariana más importante en Tortosa. Gracias al esfuerzo de la Archicofradía quedará también un signo que nos recordará esta celebración: la imagen que presidirá la fachada principal de nuestra catedral, una fachada abierta a la ciudad desde hace unos meses. Desde ella, la Madre del Señor se convertirá todavía más en un referente para todos los hijos e hijas de Tortosa.

a coincidencia de la clausura del año mariano con la solemnidad de la Inmaculada Concepción, nos tiene que llevar a reflexionar sobre lo más importante del año jubilar, que es, ante todo, un tiempo de gracia, una llamada a la santidad. El Beato Pablo VI, en el

, al profesar la fe en la santidad de la Iglesia, afirma que esta es santa porque "no goza de otra vida que de la vida de la gracia" (nº 19). Lo más importante en todas las iniciativas que emprendemos en ella no es lo que se ve, sino lo que no se ve: la santidad de sus miembros. Todo debe estar al servicio de la gracia. Lo más importante es lo que acontece en la relación entre Dios y cada uno de nosotros, y eso queda en el secreto de lo que solo Dios puede ver.

A lo largo de este año, en distintos escritos, les he invitado a contemplar lo que San Juan Pablo II denominó la pereginación de fe de María: el camino que va desde la Anunciación hasta el Gólgota y que alcanza su meta gozosa en la Pascua. En la meditación de los acontecimientos de la vida de la Virgen vemos cómo la santidad plena que tiene por gracia desde el primer instante de su existencia, y que celebramos en esta solemnidad de la Inmaculada, se va desplegando en las diversas circunstancias de su vida. En ella vemos una santidad plenamente vivida y descubrimos que la Iglesia, en su miembro más eminente, es plenamente santa. La santidad de la Iglesia no es únicamente un deseo; es algo ya realizado, porque María, además de ser la Madre del Señor, es la primera creyente y la primera discípula de Cristo.

María ha hecho vida el Evangelio de un modo pleno y perfecto. Y porque ha seguido totalmente a su Hijo, es el modelo más perfecto para todos los cristianos. No podremos alcanzar la meta de la santidad más que mirando a María: ella nos muestra los caminos para que podamos poner en práctica la Palabra. Ello implica que si la devoción a la Madre del Señor no despierta en nosotros el deseo de santidad, no es auténtica.

Por ello, al finalizar este Año Jubilar, si queremos evaluar sus frutos, la pregunta que nos tenemos que hacer es si esta celebración ha acrecentado en cada uno de nosotros el deseo de ser santos, que no es otra cosa que el deseo de parecernos cada día más a la Madre del Señor.

Con mi bendición y afecto.

+ Enrique Benavent Vidal

Obispo de Tortosa