Religiosos: signos visibles del Evangelio

Agencia SIC

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Mons. Braulio Rodríguez El Santo Padre Francisco quiere que toda la Iglesia, desde el 30 de noviembre de 2014 (primer domingo de Adviento) hasta el 2 de febrero de 2016 (Presentación de Jesús en el Templo) reflexione, pero sobre todo, ore por los miles y miles de religiosos y religiosas que viven su consagración a Cristo y a los hermanos. Muy importante deben ser los consagrados, como vocación cristiana específica, para que el Papa quiera que dediquemos más de un año (14 meses y algunos días) a conocer, apreciar y a amar a estas hermanas y hermanos nuestros, parte de nuestra Iglesia Católica. En realidad lo importante es la persona de cada consagrado, de cuya presencia "debe ser para todos un signo visible del Evangelio", en palabras de san Juan Pablo II (5 de junio de 1979).

Esta es la razón de invitaros el domingo 30 de noviembre en la Catedral, para el inicio de este Año de la Vida Consagrada, que incluye a los religiosos/as, institutos de vida apostólica, institutos seculares y otros fieles laicos consagrados, sin olvidar la vida contemplativa. Un primer rasgo quiero destacar de la vida consagrada: que hombres y mujeres que han conocido a Cristo y se han hecho sus discípulos por la iniciación cristiana se consagren al Señor no a tiempo parcial, sino de modo definitivo, es algo contracultural en un sociedad donde la fidelidad a la amistad, al matrimonio, a la palabra dada se rompe con bastante frecuencia. Ser consagrado para Jesucristo no por unos años, sino para siempre, solo se explica porque el Señor se apodera del corazón. Un segundo rasgo aparece en la vida consagrada: es fuente de apostolado especial, tan variado y rico que hasta me resulta difícil enumerar aquí todas las formas, sus campos, sus orientaciones. ¡Qué duda cabe de que unido al carisma específico de cada consagración o instituto de vida consagrada está ese espíritu apostólico que la Iglesia y la Santa Sede aprueban con alegría, viendo en él la expresión de la vitalidad del mismo Cuerpo de Cristo!

Esas vidas discretas, escondidas tantas veces, cercanas al ser humano, los hombres y mujeres consagrados son vitales para la Iglesia. Sin duda los consagrados son también débiles y necesitan vivir con intensidad el carisma de sus fundadores con seriedad y alegría. Por ello mismo, en el serio problema de faltas de vocaciones para la vida consagrada en determinadas partes de la Iglesia, se ha encendido una luz roja que nos indica el peligro de que esa riqueza de la Iglesia desaparezca o se haga muy pequeña. Siempre digo que cuando desaparezca algo grande en la comunidad cristiana es cuando nos damos cuenta de qué hemos perdido. Una Iglesia particular o Diócesis no tiene la misma vitalidad cristiana cuando la vida consagrada está presente o apenas existe. Y no estoy hablando de cantidad, sino del valor de la persona consagrada en sí misma como presencia de Cristo en su Iglesia.

La vocación religiosa o la vida consagrada, pues, pertenece a la plenitud espiritual que el Espíritu de Cristo suscita y forma en el Pueblo de Dios. Sin vida consagrada la Iglesia no sería en plenitud ella misma. En el caso de la vida religiosa femenina aparece un plus: cada una de vosotras escuchando las palabras pronunciadas en Nazaret, repite con María "Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra" (Lc 1, 38). Este es el prototipo de toda profesión religiosa. Cada una de vosotras, como María escoge a Jesús, el divino Esposo. Mi pregunta, al acaba esta reflexión, es sencilla: ¿se conoce bien en el conjunto del Pueblo de Dios la vida consagrada? ¿Es apreciada la vida consagrada entre los fieles laicos, y aún entre los sacerdotes? Tenemos un año para ello. Vamos a aprovecharlo. Mucho nos deben ayudar a ello los mismos consagrados: religiosos, sociedades de vida apostólica, los 41 monasterios de monjas contemplativas, institutos seculares y otros laicos consagrados.

Arzobispo de Toledo

Primado de España