Nuestra fe, el don más grande (7). Escuchar y rezar la Palabra

Nuestra fe, el don más grande (7). Escuchar y rezar la Palabra

Agencia SIC

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Mons. Joan E. Vives Continuamos las reflexiones de los domingos anteriores. Nuestra fe, el don más grande nace de escuchar la Palabra de Dios. La Palabra desvela y alimenta la fe para que revivamos, para que seamos humanos e incluso capaces de devolver la sonrisa a Dios. Una comunidad que ofrece vida es aquella en la que encontramos esta Palabra atesorada y compartida. Cuando somos alimentados con la Palabra de Dios, somos conducidos a un mundo más amplio. El Señor que ha venido "para que tengamos vida, la tengamos en abundancia" (Jn 10,10), abre la puerta para que podamos salir y encontrar amplios espacios. Al escuchar la Palabra de Dios, hacemos un éxodo, caminamos más allá de la cáscara de nuestra insignificante obsesión para nosotros mismos. Pidiendo que se haga la voluntad de Dios y que venga su Reino, remodelamos nuestro corazón.

La Palabra de Dios es la primera fuente de toda espiritualidad cristiana. Ésta alimenta una relación personal con el Dios vivo y con su voluntad salvífica y santificante. De la escucha de la Palabra de Dios y, en particular, de los misterios de la vida de Jesucristo, nace, como enseña la tradición, la intensidad de la contemplación y el ardor de la acción apostólica. Muchos hombres y mujeres que nos han precedido en el tiempo, en el contacto asiduo con la Palabra de Dios han obtenido la luz necesaria para ese discernimiento individual y comunitario que les ha ayudado a buscar en los signos del tiempo los caminos del Señor. Solo si cultivamos la escucha activa, podemos hacernos eco, en la interioridad, de la Palabra de Dios. María Virgen escucha las palabras del ángel, la buena nueva de nuestra salvación (cf. Lc 1,26 ss). Esto parece sencillo, pero no lo es, porque hay muchas interferencias. Empezamos a escuchar cuando nos atrevemos a estar perplejos, conturbados, admirados… y de la escucha nace la oración. Es el fundamento.

¡Qué maravilla tan grande es la oración! La oración cristiana no es una apertura a la totalidad silente, ni una súplica desesperada en medio de la soledad del cosmos. Es la apertura al Tú infinito de Dios que se revela, gratuitamente, en la conciencia, en la más profunda de las interioridades, según San Agustín. Es un acto de escucha y de petición. Los cristianos tenemos la oración del Padrenuestro para abrirnos al Tú infinito y amoroso de Dios, podemos tratarlo como Padre, porque Él mismo es Padre.

Jesús nos ha enseñado a rezar así y esta oración es el corazón de nuestra vida espiritual. Al decir que es Padre, debemos comprender que no es como ningún padre humano, más bien debemos entender que es una Fuente infinita de Amor y de ternura, un ser que acoge incondicionalmente y sostiene, secretamente, todas las criaturas que ha hecho emerger de la nada. Por parte de muchos, con formas nuevas y a menudo desconcertantes, se recupera de nuevo el sentido de oración. Durante una época muy reciente, fue cuestionada y, incluso, ridiculizada. La oración, sin embargo, es una práctica espiritual que subsiste, que atraviesa épocas y lugares, y que en diferentes culturas y pueblos tiene expresiones distintas. Los cristianos, cuando oramos, dialogamos con Dios, somos invitados por Él mismo a expresarle nuestros sufrimientos secretos, nuestras flaquezas, las que solo Él conoce y solo Él puede juzgar. Es una maravilla que Dios mismo, sin tener necesidad, haya querido establecer una alianza con cada ser humano, se haya querido encontrar con él y acompañarlo en su caminar.

+ Joan E. Vives

Arzobispo de Urgell