María, modelo perfecto de fe

María, modelo perfecto de fe

Agencia SIC

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Mons. Gerardo Melgar Queridos diocesanos:

El mes de mayo está dedicado a contemplar a María y cultivar nuestra devoción mariana desde nuestra identidad de seguidores de Jesús: ella es nuestra Madre y en ella encontramos el estímulo, testimonio y modelo de la perfecta creyente. La devoción a María a algunos cristianos, por desconocimiento o ligereza en el juicio, les puede sonar a algo que no tiene mucho sentido en pleno S. XXI, algo que parece trasnochado o pasado de moda, más propio de una devoción para mayores que se pasan el día rezando avemarías o una devoción excesivamente acaramelada que no lleva al compromiso.

Lejos de todas estas falsas concepciones, la devoción a la Virgen es una devoción auténtica, comprometedora y necesaria para todo cristiano maduro. En efecto, María encarna en grado excelente y extraordinario los rasgos fundamentales que se le pide a todo cristiano maduro; en ella encontramos un verdadero modelo de aquello a lo que debemos aspirar a vivir todos los discípulos y seguidores de Jesús.

Su vida fue un canto a la escucha de la voluntad del Padre Dios para saber lo que le pedía, acoger y responder positivamente a su plan sobre ella. Ella fue siempre un modelo de aceptación y fidelidad a los planes de Dios sobre su persona y su vida, de tal manera que la voluntad de Dios era lo primero y lo más importante, y si tenía que cambiar los propios planes por los de Dios lo hacía llena de gozo en el Señor. El cristiano es esa persona que ha creído en Jesús y trata de hacer realidad en su vida lo que Señor le pide en cada momento, respondiendo fielmente a las exigencias de su fe y dispuesto a decirle con el corazón y con la vida: "aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad".

María es para el cristiano el más claro y resplandeciente modelo a imitar en la respuesta al Señor. Ella, ante todo y sobre todo, fue una persona plenamente disponible a lo que Dios le pedía. Por ello, nosotros como seguidores del Señor, hemos de tener bien fijos los ojos en alguien que eso lo hizo a la perfección e imitarla en la respuesta que nuestra fe en Dios nos pide en cada momento de nuestra existencia. Además, la vida de la Virgen fue un canto y una existencia al servicio de dos grandes amores: el amor y el servicio a Dios y el amor y el servicio a los hermanos.

El primer amor es el amor a Dios: por amor a Dios escuchó, llena de disponibilidad, las palabras del ángel que le anunciaban de parte de Dios que iba a ser su Madre; por puro amor a Dios, aunque no acababa de entender, se fía de Él y su promesa y, a corazón abierto, le contesta con total generosidad: "hágase en mi según tu Palabra" (Lc 1, 38). Por amor a Dios, por ser fiel y estar disponible a su plan salvífico sobre los hombres, con el corazón roto de dolor, acompaña a su Hijo, camino de la cruz, condenado como el peor de los malhechores. Por amor a Dios acoge y recoge en sus brazos a su Hijo muerto y desfigurado, después de haber estado junto a la cruz como autentica mujer fuerte y valiente, pronunciando continuamente aquel "hágase en mí según tu palabra" de la Anunciación. Toda su vida no fue sino un canto al amor de Dios y al cumplimiento de su voluntad.

En María encontramos, pues, a esa criatura que sabe que Dios es Dios y que ella, como instrumento dócil en sus manos, debe estar siempre con el corazón bien abierto para que el Señor se apropie de él, de toda su persona, descubriendo que ya no se pertenece a sí misma sino al Señor. ¿No es ésta la relación que cada cristiano debe mantener con el Señor? ¿No es ésta la forma de actuar de todo cristiano que tiene como primer mandamiento amar a Dios sobre todas las cosas? Mirar a María es aprender a poner a Dios, sus planes y su voluntad en lo más importante a hacer y vivir en la vida. Mirémosla, pues, en este mes de mayo porque en ella encontramos un verdadero modelo a imitar en nuestra condición de creyentes.

El segundo amor de la Virgen fue el amor y el servicio a los hermanos: el Evangelio, en el escaso espacio que dedica a presentar a María, lo hace poniéndola como servidora de las personas que le necesitaban en cada momento: en casa sirve a su esposo y a su hijo como buena esposa y madre; sirve a Isabel, su prima, en un momento muy importante para ella, el momento de dar a luz a su hijo yes que María, dejando su casa y ocupaciones, corre por las montañas y llega a casa de Isabel para ayudarle. También sirvió a los apóstoles a los que acogió desde el primer momento, a los que arropó y mantuvo en la esperanza en los momentos de la muerte de Cristo y en la espera de su Resurrección; sirvió a los novios de Caná que iban a quedar en ridículo porque se les acababa el vino en la boda y ella salió al quite, pidiendo a Jesús su ayuda.

María fue una perfecta cumplidora del mandamiento nuevo de Jesús y del estilo de servicio del que Jesús nos dio ejemplo como Maestro lavando los pies a sus discípulos y diciéndonos que deberíamos hacer lo mismo con los demás (Cfr. Jn 13, 5ss)

Por todo ello, María, con su amor a Dios y su disponibilidad incondicional a sus planes, con el amor y el servicio a los demás que la necesitaban, se convierte en el mejor modelo y en el espejo en el que debe mirarse todo creyente porque ella es el espejo nítido que refleja lo que el cristiano debe vivir en su vida. La devoción a la Virgen es fundamentalmente una devoción de imitación, de fijarse en ella para descubrir en ella la imagen clara de lo que el Señor espera de cualquiera de sus seguidores. Pongámonos en estos días del mes de mayo (pero también cada día de nuestra vida) bajo su amparo maternal y contemos siempre con su intercesión ante nuestras necesidades para lograr ser, a imagen suya, verdaderos seguidores y discípulos de Jesús.

+ Gerardo Melgar Viciosa

Obispo de Osma-Soria