Los pobres

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Agencia SIC

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Mons. Agus­tí Cor­tés Somos invitados a mirar y escuchar a los pobres. No de cualquier manera, sino con los ojos y los oídos de Dios.

uchos han visto realidades de pobreza, sea en estadísticas, en la calle, en la televisión o la prensa u otros medios informativos. Pero lo importante no es tener noticia de la pobreza, sino la mirada que la ve. Porque en la mirada se revela el movimiento interno del corazón, y éste es el efecto, tanto de la impresión que nos produce la visión de la pobreza encarnada, como la disposición previa de cada uno, según su sensibilidad? La mirada de Dios en nuestros ojos descubre que la pobreza tiene rostro humano, es vivida por personas bien determinadas, con su historia, su conciencia y sus sentimientos. La pobreza, ante los ojos de Dios, no es un mero dato, una "cosa", "una realidad abstracta".

¿Hemos tenido ocasión de ver la pobreza en personas y situaciones concretas?; ¿cómo hemos reaccionado? En este momento hago un esfuerzo, trayendo a la memoria experiencias vividas en primera persona, contactando directamente con realidades de pobreza extrema: favelas de Sao Paolo, Guayaquil, Guinea Ecuatorial, Camerún? y también aquí cerca, como algo disimulado, escondido y vergonzante. Me viene a la cabeza frecuentemente el ansia con que una persona, que sobrevivía con el alimento mínimo por no disponer de dinero para comprar, engullía y se aferraba a una merienda más bien frugal, al menos para saciar momentáneamente su hambre.

Cuando somos testigos de escenas así, buscamos responsables de la situación y tendemos a analizar sus causas, echando mano de nuestro conocimiento del caso concreto, de nuestra ideología, de nuestros valores, etc. Lo más común es echar la culpa al "sistema", a las estructuras económicas o políticas. A veces nos decidimos a actuar, hacer algo, para aliviar de algún modo el sufrimiento del pobre.

Pero antes, hemos de escuchar al pobre. El mensaje del Papa para este día comienza con la cita del Salmo 33(34),7: el pobre grita al Señor y el Señor le escucha. Muchas veces la palabra del pobre es tenue, quizá silenciosa, quizá acallada, pero también en ocasiones es un auténtico grito, y este grito se vuelca en la oración. El Señor escuchó y escucha al pobre: su gran respuesta es Jesucristo, su persona, todo lo que dijo e hizo, hasta su Muerte y Resurrección.

Gracias a la Muerte y Resurrección de Cristo las Bienaventuranzas, que proclamó el mismo Jesús, son verdad. Si no resucitara la justicia?

Ante los pobres y con ellos hemos de proclamar y vivir el espíritu de las Bienaventuranzas. Este espíritu requiere mucha fe, una sincera oración, un amor concreto e intenso, una acción y una vida esperanzada en el seguimiento de Cristo.

Hablemos de derechos humanos, de justicia, de igualdad, de solidaridad. Pero no olvidemos que los pobres, ante todo, son nuestros hermanos en Cristo.

? Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat