Lágrimas y risas compartidas
Lágrimas y risas compartidas
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Mons. Agustí Cortés Decimos que en la Iglesia cada uno tenemos nuestros ojos y nuestras formas diversas de mirar, pero que todos miramos en la misma dirección: todos los creyentes nos vemos seducidos por el resplandor de Jesucristo, creemos en Él y le amamos. Llegar a vivir esta experiencia es exactamente "sentirse Iglesia".
odo se reduce a la relación de cada uno con Jesús, escucharle, contemplarle, responderle en oración, comprometerse con Él? San Pablo tuvo muy claro que, si su conversión fue un acontecimiento que en principio parecía afectarle a él solo, desde el mismo instante de su encuentro con Cristo la Iglesia estaba presente: Jesús le interroga "¿Por qué me persigues?" (es decir, ¿por qué me persigues en mi cuerpo, que es mi Iglesia?); y después le envía a pedir ayuda a la comunidad de Damasco (Ananías) (cf.
9,4-10). Con el tiempo descubrió que encontrar a Cristo, mirarle y tratar con Él como discípulo generaba simultáneamente una nueva experiencia de comunión con el resto de los creyentes. Profundizando en la nueva relación que vivía con sus hermanos usó una expresión sencilla y brillante:
"Cuando un miembro sufre, todos sufren con él; cuando un miembro es honrado, todos se felicitan" (1Co 12,26)
Escribiendo a los cristianos de Roma, les advierte de que su amor no sea una farsa y les recomienda algo semejante:
"Alegraos con los que se alegran, llorad con los que lloran" (Rm 12,15)
No debemos dejar pasar este mensaje, ante todo por una razón: nos exhorta a realizar uno de los signos más claros del amor auténtico.
Desgraciadamente con frecuencia nuestras reacciones ante el dolor o la alegría ajenos, van desde la indiferencia, hasta la envidia. Pesa mucho en toda la historia aquella respuesta de Caín, a la interpelación de Dios: "No sé dónde está mi hermano, ¿soy acaso su guardián?" (Gn 4,9) Esta es la gran cuestión: "¿qué tengo que ver yo con mi hermano?; ¿por qué me tendría que ocupar de él?" Sin duda, muchos se interesan por "los otros", pero en el fondo ese interés ¿es "desinteresado"?.
Con San Pablo estamos en las antípodas de Caín. Usa la metáfora del cuerpo humano, donde todos sus miembros comparten sufrimiento y alegría: si las piernas de un atleta han conseguido batir el record de los cien metros lisos, no sólo se alegran las piernas, sino todo el cuerpo, "todos y cada uno de sus miembros". Lo mismo ocurre en el caso de fracasar: la frustración y el sufrimiento es igualmente compartido. En realidad, el protagonista de una acción humana no es un miembro u otro, sino toda la persona. Por eso es ella, con todos sus miembros, quien actúa y, por tanto, goza, sufre, triunfa o fracasa.
La Iglesia es el Cuerpo místico de Cristo. Si hoy la llamada de San Pablo a compartir el sufrimiento y la alegría de los hermanos nos sorprende o la vemos lejana de nuestra realidad eclesial, es que nuestro ser Iglesia está enfermo, es débil, sufre graves deficiencias. Aun no ha llegado a nuestro corazón que un único sujeto, una única persona vive y actúa en nosotros. De otra manera ningún hermano en la fe nos sería indiferente.
+Agustí Cortés Soriano
Obispo de Sant Feliu de Llobregat