Jornada de las Familias 2011

Jornada de las Familias 2011

Agencia SIC

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Mons. José María Yanguas Queridos diocesanos:

La iglesia celebra un año más la Jornada de la Familia en el ambiente cálido, entrañable, de las fiestas de Navidad, en las que conmemoramos el nacimiento de Jesús en Belén de Judá, en el seno de una familia. La Navidad está unida estrechamente a la familia. Basta decir Navidad, y vienen a nuestra memoria tantas escenas familiares cargadas, a medida que pasan los años, de nostalgia, que son objeto de amable recuerdo. La Navidad dice a todos familia.

Hace no muchos días un conocido cineasta japonés hablaba de su última película. En ella cuenta, con realismo, la experiencia dolorosa de un niño que vive la separación de sus padres. Reconocía el cineasta que la familia es una buena fuente de historias para contar, y como dando razón de este hecho, afirmaba que "la familia es un asunto cercano a todas las personas". Así es, sin lugar a dudas; tanto si la experiencia familiar es positiva, como ocurre a la inmensa mayor parte de las personas, como si, por el contrario, ha sido origen de heridas difícilmente sanables. Lo que resulta innegable es que la familia es un asunto cercano a todos. Matrimonio y familia, no obstante las críticas, los ataques, las desviaciones, las deformaciones, las falsas imitaciones, logran emerger de todas las situaciones adversas como algo fuera de discusión. La razón es clara: se trata de realidades profundamente humanas que están ancladas en la misma naturaleza del hombre. Para decirlo brevemente, son instituciones naturales. En efecto, al principio creó Dios al hombre y a la mujer, radicalmente iguales en su dignidad, pero, al mismo tiempo, diversos y complementarios. Y, como dice el Concilio Vaticano II, el mismo Dios que dijo que no era bueno que el hombre estuviera solo y lo creó varón y mujer, le dio una especial capacidad de participar en su obra creadora y bendijo al hombre y la mujer diciéndoles: Creced y multiplicaos (Gn 1, 28). Matrimonio y familia pertenecen al diseño de hombre querido por Dios desde el principio.

Es tarea nuestra descubrir y mostrar a los demás la verdad, la belleza y la bondad de ese proyecto divino, la vocación matrimonial y familiar a la que Dios llama a la mayor parte de los hombres y mujeres: un amor en el que, formando una sola carne, hombre y mujer se realizan en una profunda vida de comunión, en un ámbito de fidelidad e indisolubilidad y de apertura generosa al don divino de la vida (cfr. Benedicto XVI, Vigilia de oración en Cuatro Vientos, Madrid, 20.08.2011)

Lo que es profunda y radicalmente humano no pasa, no tiene fecha de caducidad. La familia no está superada; aparece siempre, por el contrario, como la institución humana más apreciada, necesaria para el equilibrio psicológico del niño, para la estructuración de su personalidad, para su educación en valores como la generosidad, la solidaridad, el respeto y la convivencia, el espíritu de servicio, etc. Las formas alternativas a la familia u otras formas de vida en común, de que a veces se habla, son, sencillamente, un engaño, muy a menudo trágico, que sólo se puede mantener si se renuncia a preguntarse por lo que todos entendemos como familia.

La verdadera familia, la que responde al plan de Dios, es un auténtico bien para sus miembros y, a la vez, un bien social, un bien común, que, por lo mismo, debe ser respetado, defendido y promovido por los poderes públicos y las leyes. El Papa Juan Pablo II fue bien consciente de la importancia de la familia, cuando dijo que el futuro de la humanidad y de la Iglesia se fragua en la familia (Familiaris consortio, 86). La familia, reflejo del misterio de la Santísima Trinidad; iglesia doméstica que reza, agradece y adora; transmisora y educadora de la fe; origen de la vida; maestra de humanidad; escuela de gratuidad, hogar donde se descubre, acoge, custodia y revela, y se comunica el amor.

Queridas familias cristianas: sí, arraigadas en Cristo, fijos en Belén vuestros ojos ¡vivid y mostrad a todos la maravilla del amor de Dios, que salva al mundo!