Ecología cristiana (III). Una mirada nueva
Ecología cristiana (III). Una mirada nueva
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En ecología, como en la mayoría de los asuntos de la vida, todo depende de la mirada. Un empresario de una inmobiliaria, al acercarse a un paraje natural, espontáneamente calcula el rendimiento que podría sacar de aquel espacio si fuera suyo; un labrador calcula la fertilidad de la tierra; un científico biólogo se interesa por la peculiaridad endémica, la diversidad de especies, los ecosistemas; un geólogo descubre las formaciones rocosas y un arqueólogo hace lo mismo en su campo; un artista o un poeta se dejan inspirar por su belleza; y un político piensa en los intereses, derechos y obligaciones, privados o públicos del terreno? Son miradas diferentes sobre un mismo objeto.
Los cristianos, sin renunciar a las miradas propias de cada uno de estos personajes, saben cuál es su mirada peculiar e irrenunciable. Saben además que esta mirada es nueva, cuando está iluminada por el Credo que recita o canta: "Creo en Dios Padre, creador del cielo y de la tierra? y en Jesucristo salvador del mundo? y en el Espíritu dador de vida?"
Aunque sorprenda a más de uno, la fe en Dios creador, que compartimos con el Judaísmo (según relatos del libro del Génesis) produce un primer efecto desconcertante: la desmitificación del cosmos. Muchas de las religiones (y prácticas espiritualistas), históricamente y hoy en día, nacidas del asombro ante la belleza y el poder de la naturaleza, han llegado a divinizarla. Al descubrir en ella fuerzas y perfecciones que sobrepasan las capacidades humanas, deciden respetarlas y aprovecharlas, bien apropiándoselas o bien rindiéndoles culto (animales, el sol, la tierra, el agua, el fuego, etc.)
En el lado opuesto encontramos corrientes muy ascéticas que llegan a negar el valor del mundo natural (y el tratamiento científico, técnico o cultural), para llegar a ser muy "espirituales". Corrientes que a veces han contagiado un cristianismo rigorista.
Pues bien, la primera afirmación de la fe en Dios creador es que la naturaleza, con toda su belleza y perfección, no es Dios: Él la ha creado y, si es buena y hermosa, se debe a que el mismo Creador ha dejado su huella en la obra creada. Más aún, el ser humano tampoco es Dios, sino que también es criatura suya, como la naturaleza; pero es más que la naturaleza: la belleza y la perfección humanas vienen del hecho de llevar en sí mismo "la imagen y semejanza" (el parecido) de Dios, como lo demuestran su libertad, su necesidad y capacidad de amar, su inteligencia, su facultad de crear, etc. En este sentido, la persona humana está entre Dios y la naturaleza, ocupa el centro de la creación y ama y sirve a Dios creador relacionándose con todo lo creado.
Este principio fundamental cambia radicalmente la mirada y la actitud ecológica. Permite valorar, admirarse, respetar, gozar e incluso amar, la naturaleza y, al mismo tiempo, entender el sentido de la ciencia y de la técnica, del progreso, la cultura, el trabajo y en general el trato humano con el cosmos.
No se trata de ocupar un punto medio entre radicales ecologistas y anti-ecologistas. Políticamente contrarios, ambos pueden compartir en su origen un mismo error: la visión cerrada, materialista, centrada en los intereses del "yo" humano (individual o colectivo), que se hace "dueño" autónomo del mundo.
La mirada cristiana responde a una cambio de plano, a un saberse situar ante Dios y ante el mundo, en un punto donde incluso se llega a amar el mundo en el mismo amor al ser más amable, Dios.
? Agustí Cortés Soriano
Obispo de Sant Feliu de Llobregat