Ecología cristiana (I). ¿Ecologista?

Ecología cristiana (I). ¿Ecologista?

Agencia SIC

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No lejos de donde se halla nuestra diócesis, a dos horas de viaje, existe un valle privilegiado, abierto al mar, rodeado por bellas montañas de media altura, que configura un cierto ecosistema: clima, tierra, flora, fauna? y seres humanos, dan una belleza y una personalidad propia a este lugar. En el siglo XVII unos frailes carmelitas hallaron aquí un sitio apropiado para la oración, la vida en común y la misión, dentro de su carisma reformado desde Santa Teresa y San Juan de la Cruz. Le dieron el nombre de "Desierto de las Palmas" (es decir, lugar de silencio y soledad orante, caracterizado por la abundancia de palmitos) Hoy el convento y dos casas de espiritualidad ocupan el centro del valle y una estela de ermitas blancas lo circundan.

Este lugar sobrevive, pero a lo largo de su historia ha sufrido amenazas y ataques. En el último medio siglo dos particularmente agresivos. Por un lado, el ataque de la especulación inmobiliaria, apoyada por respectivos ayuntamientos, de derechas y de izquierdas. Por otro, los incendios, alguno de ellos "firmado" por sus autores. Nos consta que la Orden Carmelita, desde la instancia superior, en capítulos y consejos, ha mantenido firme su voluntad de que el valle se conservase tal como está. Fue una lucha nada fácil. Hoy el Desierto es un parque natural protegido por la ley.

La mente vuelve con frecuencia a este lugar y a estos hechos, cada vez que surge la cuestión de la "ecología cristiana".

Por suerte, las vacaciones estivales suelen ser ocasión para que los llamados "urbanitas", los que viven pegados al asfalto y encerrados entre el cemento, se asomen a la naturaleza y obtengan de ese encuentro nuevas fuerzas para seguir viviendo.

Ahora bien, este encuentro revitalizante, tan necesario, dependerá de la relación que uno mismo tenga con la naturaleza, es decir, de lo que la naturaleza signifique para cada uno. Una relación que tantas veces no es consciente y siempre es compleja. Porque nos relacionamos con la naturaleza no solo cuando nos llega una postal, una imagen, un documental servido por Internet o la TV, sino también cuando vamos a comprar un kilo de patatas al mercado, cuando nos tomamos un refresco o cuando usamos el teléfono móvil.

No basta con decir que "nos gusta la naturaleza". La cuestión ecológica está de moda, aunque no se habla tanto de respeto a la "naturaleza", sino de un genérico conservar "el medio ambiente" o de procurar "un desarrollo sostenible".

Pero ¿qué significa en realidad ser ecologista? Para muchos se trata de una cuestión social: ser ecologista significa luchar contra la apropiación y explotación de la tierra por unos pocos poderosos (de los países desarrollados) que solo buscan su propio beneficio, a base de abusar de los pueblos del tercer mundo. Para otros significa defender un sueño un tanto romántico, es decir, sostener que la naturaleza es buena y que el ser humano no hace sino estropearla. Para otros, se trata de una cuestión de supervivencia, un movimiento que conjura el miedo a morir por un desastre ecológico. Para otros significa simplemente defender el gozo estético del paisaje natural?

Uno se pregunta si aquellos frailes carmelitas, defendiendo esforzadamente el valle, eran ecologistas o no. Antes tendríamos que aclarar lo que queremos decir con esta expresión. Sin duda su lucha fue ecológica. Pero no solo ecológica. O mejor dicho: fue una ecología muy especial, más profunda, más íntegra, más global, que muchas de las luchas al uso.

Aquello tenía que ver con la mirada contemplativa, con el humanismo que brota de la fe cristiana, con la honradez y la autenticidad ante Dios y ante el mundo.

? Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat