Discernir la unidad en el amor

Agencia SIC

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Mons. Agustí Cortés Soriano Seguimos con nuestro compromiso de discernir correctamente la realidad y el futuro de nuestra Diócesis. Reconocemos en el amor del Espíritu el corazón y la esencia de la Iglesia. Hemos visto, además, que este amor vivido en el interior de la Iglesia ha de ser expansivo, católico, abierto y comunicativo, tal como se muestra en el talante misionero de todo cristiano y concretamente en la misión denominada "ad gentes", es decir, en la transmisión del Evangelio a todas las naciones y culturas del mundo.

Nos centramos ahora en otro de los aspectos de este amor y, por tanto, de la Iglesia que vive de él: el amor que reúne a los hermanos en una misma comunión de vida. Buscamos, pues, entre nosotros la Iglesia una y unida, como mandaba Cristo y como todos anhelamos.

La cuestión sería sencilla si reconociéramos como buena simplemente y fomentáramos la unidad entre nosotros. La realidad es mucho más compleja.

En primer lugar, tenemos el hecho de que es tal la diversidad de estilos, lenguajes, grupos, y prevalece tanto lo propio sobre lo común diocesano, que algunos lamentan no ver la unidad por ninguna parte o la consideran reducida al mínimo. En un extremo se pueden detectar posiciones antagónicas, e incluso se nota que un grupo pugna contra otro, ante todo con el arma de la exclusión, el desprecio, la maledicencia o la burla. En este caso, cabe preguntarse si son realmente Iglesia y, por tanto, no hay que atormentarse, o si los hemos de considerar dentro de ella como un grave problema.

En segundo lugar, no nos podemos contentar con cualquier tipo de unidad. Porque la gente se une por motivos muy diversos. Unos por interés, otros por afinidad de ideología o gustos, otros por simpatía, otros por eficacia en el trabajo o en la acción, otros por luchar contra un enemigo común, otros por sentimiento de solidaridad. Nosotros cuando hablamos de unidad queremos decir otra cosa. Los intentos de nombrar la unidad eclesial con palabras que suenan bien hoy, como "solidaridad" o "acción en común", se quedan muy cortos y dan lugar a equívocos graves.

El amor del Espíritu que nos une y nos reúne constantemente es un don. No tiene su fuente en una decisión nuestra ni en ninguna afinidad natural, menos aún en una confluencia de intereses. Recordemos que históricamente los primeros discípulos de Cristo "se encontraron como hermanos sorpresivamente". El temor a una agresión externa y, quizá, el temor al otro como tal, les impedía mirarse a la cara y recibirse como hermanos. Sobrevino inesperadamente el Espíritu del amor, gracias al cual, quien era extraño se convirtió en alguien próximo y el que estaba distante por manera de ser, por cultura, ideología u opción política, vino a ser cercano, ¡sin dejar de ser distinto!

En cierto modo esto es una especie de "milagro". Y sabemos por experiencia las dificultades que hay para vivir esta unidad. Pero, mientras entre nosotros no se dé este "milagro", no habremos vivido la auténtica Iglesia de Cristo. El secreto de este milagro está en que el Espíritu, alma de la Iglesia:

– Nos transforma desde dentro sin anular nuestras condiciones naturales: nos hace a cada uno "otro Cristo".

– Cambia la mirada, haciéndola capaz de descubrir en el otro "un rostro de Cristo" distinto, pero del mismo Cristo que soy yo.

– Aproxima, crea lazos de amor y vincula.

Preferimos hablar de "comunión", más que de simple unidad. Es una palabra más bella. Porque recuerda la común participación de una misma vida. Una común participación en un mismo regalo, que hace imposible cualquier atisbo de incomunicación, individualismo, competitividad, cerrazón? Es como un sueño.

? Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat