"Dios te salve, Madre de Misericordia"

"Dios te salve, Madre de Misericordia"

Agencia SIC

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Mons. Ricardo Bláquez El día 13 de diciembre abrimos la Puerta de la Misericordia en el Santuario del Sagrado Corazón de Jesús, adonde llegamos como peregrinos desde la Catedral, en que habíamos celebrado la Eucaristía. El Corazón de Jesús nos habla de compasión, de amor y de perdón. Su costado abierto es fuente de perdón y puerta de la misericordia. Por esta afinidad entre el Santuario del Corazón de Jesús, con tanta hondura espiritual desde la comunicación al beato Bernardo de Hoyos, y el Año de la Misericordia convocado por el Papa Francisco con la Bula de Convocación Misericordiae vultus?que empieza con las palabras "Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre"?, nos ha parecido conveniente que durante el Jubileo Extraordinario de la Misericordia sea el Santuario centro de llamada y de encuentro con Dios en nuestra Diócesis.

Al atravesar la Puerta de la Misericordia hemos sido acompañados por Santa María la Virgen Madre hasta el encuentro con el Corazón de su Hijo encarnado. María, en este Año Santo, nos tomará de la mano, nos acercará a Jesús y nos mostrará "al fruto bendito de su vientre". En la antífona preciosa de la Salve, atribuida a San Pedro de Mezonzo en tierras gallegas, invocamos a María como "Madre de misericordia", y suspirando "en este valle de lágrimas" le pedimos que "vuelva a nosotros sus ojos misericordiosos". Sin el alumbramiento de la María no habríamos recibido al Salvador en Belén; sin la Madre del Señor no encontraríamos a Jesús "rostro de la misericordia del Padre", y única "puerta" de salvación (cf. Jn. 10, 7-10).

Terminamos de celebrar la memoria litúrgica del nacimiento y de la manifestación del Hijo de Dios, ya que quien nació por nosotros se nos ha manifestado. Estrechamente unida a la fiesta de Navidad, celebramos la fiesta de Santa María, Madre de Dios, el día 1 de enero a los ocho días del Nacimiento de Jesús. María y Jesús son inseparables; ella lo concibió virginalmente, lo esperó con inefable amor de madre, lo dio a luz en Belén, lo cuidó con ternura, unidos padecieron el destierro a Egipto, lo crió y educó en Nazaret, lo acompañó como discípula, y lo siguió hasta el Calvario, donde estuvo en pie compartiendo el sufrimiento del Hijo.

El Concilio Vaticano II, de cuya clausura hemos conmemorado el cincuenta aniversario el día 8 de diciembre, fue inaugurado por el Papa Juan XXIII el día 11 de octubre, fiesta de la Maternidad Divina de María, que con la reforma litúrgica promovida por el Concilio pasó a ser celebrada como Solemnidad de Santa María Madre de Dios, a los ocho del Nacimiento de Jesús. De esta manera aparece, también litúrgicamente, el vínculo entrañable y vital de la Madre y del Hijo.

En la víspera del Adviento, el sábado 28 de noviembre celebramos una vigilia con jóvenes en el Santuario de Valladolid. Fue un rato intenso y sereno de escucha y oración. Pues bien, en esa celebración nos acompañó el bellísimo cuadro de La Inmaculada de los jóvenes, pintado por la monja contemplativa en Zaragoza Isabel Guerra, artista excelente, que después de haber sido presentado en el Encuentro Europeo de Jóvenes celebrado en Ávila a principios de agosto de 2015 ?dentro del V Centenario del Nacimiento de Santa Teresa de Jesús?, en su recorrido por las Diócesis españolas, llegó a la nuestra.

La misma pintora nos ofrece unas pinceladas para comprender mejor lo que había en su espíritu al realizar el cuadro. Recojo algunas palabras suyas: "Madre de humildad y de obediencia, ¡qué intrépida es tu fe junto al pesebre y el madero!". El sí de la anunciación lo ha mantenido María cuando sostenía en su regazo con inmensa ternura a su Hijo recién nacido en Belén, y cuando junto al madero de la cruz estaba a su lado, participando Madre e Hijo en el mismo dolor.

"Jesús, dando un fuerte grito, expiró" (Mc. 15, 37). Este grito ha resonado a lo largo de los siglos. Pienso ahora por ejemplo en el impresionante cuadro de L. Díaz-Castilla, titulado precisamente El grito. Isabel Guerra ha escrito así: "Y cuando es de noche, y cuando estalla al medio día la tormenta, y cuando llora un niño ?que es tu Hijo- que de hombre, con un grito, desgarrará los aires, los velos, los cielos y las piedras, con grito de abandono, que es grito de perdón, grito de entrega". María está junto al madero de la cruz de su Hijo; y también está a nuestro lado, cuando gemimos, lloramos y preguntamos a Dios "¿por qué nos abandonas?, unidos a Jesús, que gritó con voz potente: "Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" (Mt. 27, 46); y con El clamamos con voz fuerte: "Padre a tus manos encomiendo mi espíritu" (Mc. 23, 46).

María, "Madre de misericordia", nos mirará compasivamente, con sus "ojos misericordiosos", cuando estemos en la tribulación, la soledad y con el horizonte cerrado. Por ello, en este Año de la Misericordia, necesitamos la compañía, la intercesión y la mirada de la Madre del Señor y nuestra Madre.

Es una necesidad fundamental en la vida de cada persona y en la situación actual del mundo, como ha insistido el Papa, recibir la misericordia y ejercitar la misericordia. ¿Qué hace la misericordia? La misericordia nos convierte de violentos en comprensivos y disponibles al perdón; por la misericordia nos acercamos a las personas que sufren y les tendemos la mano; por la misericordia los hombres se perdonan y caminan unidos hacia el futuro; la misericordia ablanda el corazón endurecido y lo sosiega. Dios viene a nuestro encuentro para perdonarnos y hacernos pacificadores. La misericordia hace nuevo el corazón.

Es motivo de honda satisfacción la noticia de que mientras estaba el Papa en la República Centro Africana, los responsables de las partes en guerra firmaron un documento de paz vigente no sólo durante la estancia del Papa allí sino también mirando al futuro. Hasta ahora las armas no han vuelto a aterrar porque el corazón las ha descargado. La apertura de la Puerta de la Misericordiaen la catedral de Bangui no se quedó en un rito sino sembró la paz. Que la paz anunciada en Belén llegue a todos los rincones del mundo.

Al empezar el nuevo año, que es de gracia y de misericordia, felicito a todos y me uno a vuestras esperanzas.

+ Ricardo Bláquez

Arzobispo de Valladolid