La Cuaresma, tiempo para ateos y agnósticos

Agencia SIC

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Mons. Francisco Gil Hellín Se lo contaba al Papa y a todos los cardenales el pasado 17 de febrero Timothy Michael Dolan, cardenal electo de Nueva York. En el cine ?decía él- hay ahora una película llamada The Way (El Camino). Uno de los protagonistas es el conocido actor, Martin Sheen. Hace el papel de un padre cuyo hijo, distanciado de él, muere mientras recorre el Camino de Santiago de Compostela. El angustiado padre decide completar la peregrinación en lugar del hijo perdido. Es el icono del hombre secular: satisfecho de sí mismo, despectivo hacia Dios y la religión, que se definía "ex-católico", cínico frente a la fe… pero, con todo, incapaz de negar que dentro de sí hay un ansia irresistible de conocer más allá, una sed de algo más ?o alguien más?, que crece en él a lo largo del camino.

Es verdad. Incluso una persona que dice adherirse al secularismo y despreciar las religiones, lleva dentro de sí una chispa de interés en el más allá, y reconoce que la humanidad y la creación serían un absurdo enigma sin un concepto de ‘creador’. Benedicto XVI está tan firmemente persuadido de ello, que no ha dudado en hacer esta sugestiva propuesta: "Creo quela Iglesiadebería abrir también hoy una especie de "atrio de los gentiles" donde los hombres puedan entrar en contacto de alguna manera con Dios sin conocerlo y antes de que hayan encontrado el acceso a su misterio, a cuyo servicio está la vida interna dela Iglesia".

En el fondo es hacer bueno lo que afirmó a finales del siglo segundo el gran Tertuliano: "El hombre es naturalmente cristiano". Se refería él a esa ansia de verdad, belleza, felicidad y eternidad que late en el fondo del corazón de todo hombre. El gran san Agustín lo repetiría siglos más tarde, desde otra perspectiva, cuando decía: "Nos hiciste, Señor, para Ti y nuestro corazón no se aquietará hasta que descanse en Ti". No hablaba de memoria, sino desde una experiencia en la que había buscado la felicidad en el sexo, en la gloria humana, en la filosofía. Siempre se había encontrado con el mismo hecho: eran espejismos de felicidad, pero no la felicidad verdadera, esa que colma el ser humano.

Hace unos pocos días he leído el testimonio de un converso. Viene de muy lejos. En el camino de la vida ha encontrado la fama de un brillante profesor y publicista, dinero, sexo y muchas cosas más. En medio de esta aparente plenitud había un hombre profundamente infeliz. Alguien le habló de Jesucristo y le dijo que podía sanar las heridas de su alma. Puso en sus manos los Evangelios, comenzó a leerlos y descubrió allí que Dios se había hecho hombre precisamente para curarle todas sus heridas. Omito el nombre porque todavía vive y es muy conocido.

Desde esta perspectiva se entiende mejor lo que ha escrito, con gran agudeza, Benedicto XVI: "No hay prioridad más grande que ésta: abrir de nuevo al hombre de hoy el acceso a Dios que habla y nos comunica su amor para que tengamos vida abundante". Para construir puentes, levantar hospitales y descubrir cómo se cura el cáncer nos bastamos nosotros. Para lo que somos absolutamente impotentes es para hacernos felices y despejar de verdad quiénes somos, a dónde nos dirigimos y qué pasará cuando se cierren nuestros ojos a este mundo. Porque la respuesta del avestruz no sirve.

La Cuaresma es, pues, no sólo un momento de gracia y de conversión para los que ya conocen a Jesucristo o desean hacerse cristianos. Lo es también para los que ni siquiera tienen el carné de "simpatizante" o incluso tienen el de "abierto opositor" de Cristo. Yo les invito a que se acerquen a su figura sin glosas ni comentarios. Es decir, que lean el evangelio. Quizás encuentren una brizna de luz y de felicidad.

+Francisco Gil Hellín

Arzobispo de Burgos