Cuaresma: renovar el misterio de nuestra redención

Cuaresma: renovar el misterio de nuestra redención

Agencia SIC

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Mons. Jesús Murgui El tiempo de Cuaresma es frecuentemente definido como "tiempo fuerte". Y lo es, ciertamente, si se tiene en cuenta las exigentes propuestas que se nos hacen para convertirnos y configurarnos más a Cristo, nuestro modelo. A la vez que tiempo fuerte, se le denomina "tiempo de la primavera cuaresmal", y esto no solo por la coincidencia de la Pascua con la estación primaveral, sino también por la auténtica primavera del espíritu humano que se siente renacer cuando nota fluir la vida nueva que procede del Señor. Es siempre Cristo, el Hijo de Dios, hecho carne en nuestra humana naturaleza, quien nos infunde vida nueva.

n el tiempo cuaresmal, Él nos va disponiendo al clima de la Pascua. El primer Prefacio de Cuaresma nos recuerda la obra del Señor en nosotros en estos días Santos: "Por él concedes a tus hijos anhelar, año tras año, con el gozo de habernos purificado, la solemnidad de la Pascua, para que dedicados con mayor entrega ala alabanza divina y al amor fraterno, por la celebración de los misterios que nos dieron nueva vida, lleguemos a ser con plenitud hijos de Dios".

Papa Francisco que inicia su Mensaje para la Cuaresma de este año con las palabras

de este Prefacio, nos sugiere en su reflexión el considerar cómo el misterio de

nuestra salvación "es un proceso dinámico que incluye también a la historia y a

toda la creación". Así el punto primero de su Mensaje se centra en la "redención

de la creación". Pues entiende que "si el hombre vive como hijo de Dios? y sabe

reconocer y poner en práctica la ley de Dios, comenzando por la que está inscrita

en su corazón y en la naturaleza, beneficia también a la creación, cooperando en

su redención". Advirtiendo a la vez, que "en este mundo la armonía generada por

la redención está amenazada, hoy y siempre, por la fuerza negativa del pecado y

de la muerte". Por ello se centra, en el segundo punto de su mensaje, en hacernos

ver la capacidad destructora del pecado, en nosotros mismos, respecto al prójimo

y a las criaturas que nos rodean. Es muy propio, pues, de estos días cuaresmales

avivar el anhelo de ser redimidos por el Señor, que conlleva lucidez para reconocer

nuestro mal, descubrir nuestro pecado y obtener la liberación del único que nos la

puede obtener: el Señor.

La Cuaresma es tiempo especialmente oportuno para volver a Dios, a nuestra

verdad en Él, y así, comprender de nuevo el sentido mismo de la vida. En el

comienzo mismo del tiempo cuaresmal, la liturgia ha salido a nuestro encuentro

con el antiguo signo de la ceniza. Mientras se nos imponía la ceniza el pasado

miércoles, se nos decían estas palabras: "Recuerda que eres polvo y en polvo te

convertirás". Es la verdad sobre nuestra vida: todos somos polvo, débiles y

frágiles. La ceniza nos ha recordado nuestra debilidad, pero no para aumentar el

miedo o la tristeza sino al contrario, para decirnos que Dios ama esta debilidad que

somos, que la ha elegido para realizar su proyecto de amor y de paz para el mundo

entero; colaboradores suyos en la creación conforme a la ley de Dios, como señala

el Santo Padre.

Vivamos este tiempo cuaresmal para dejar que el Espíritu nos reconstruya y nos

abra a la redención, viviendo como lo que somos, gracias a "los misterios que nos

dieron nuestra vida". Despertemos, pues; se nos pide vigilar para que nuestras

conciencias no cedan a la permanente tentación del egoísmo, la mentira, la cómoda

mediocridad. La limosna nos hará salir de nosotros mismos, nos pondrá en la

situación de abrir los ojos ante la ajena necesidad y liberarnos de bienes que nos

poseen a nosotros mismos. El ayuno y la oración nos harán centinelas atentos para

que no venza el sueño de la resignación, que nos hace considerar los males como

inevitables; para que no venza el sueño de la complicidad con el mal que continúa

oprimiendo el mundo; para que sea devastado de raíz el sueño del realismo

perezoso que nos hace replegarnos sobre nosotros mismos y nuestros intereses.

En el Evangelio, Jesús mismo exhorta a los discípulos a practicar la limosna, a

ayunar, y a rezar, despojándonos de toda soberbia y arrogancia, y así, disponernos

a recibir los dones de Dios. Que en efecto nuestras prácticas cuaresmales estén

traspasadas de verdad, de autenticidad a los ojos de Dios. Que nazcan de la

conciencia de nuestra debilidad, de que nuestras fuerzas no bastan por sí solas para

alejar el pecado, la muerte, el mal; necesitamos invocar la ayuda del Señor. Que

atraigan su gracia para pasar de la "fuerza destructora del pecado" a "la fuerza

regeneradora del arrepentimiento y del perdón", como señala en su mensaje el

Santo Padre. Sean, pues, las prácticas de este tiempo cuaresmal, ayuda para nuestra

conversión, para volver al Señor y así acoger en nuestra vida la victoria de Cristo

en su Misterio Pascual.

+ Jesús Murgui Soriano

Obispo de Orihuela-Alicante