"Convertíos a mí de todo corazón"
"Convertíos a mí de todo corazón"
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Comenzamos un nuevo camino cuaresmal, un camino que nos conduce al gozo de la Pascua del Señor, a la victoria de la vida sobre la muerte. El Señor nos propone de nuevo, en primer lugar: "convertíos a mí de todo corazón". ¿Qué significa "de todo corazón? Pues que no se trata de algo superficial. Hemos de coinvertirnos a Dios desde el centro de nuestros pensamientos y sentimientos, desde la raíz de nuestras decisiones, elecciones y acciones. Pero, ¿es posible este retorno a Dios? Sí, porque las fuerza no las sacamos de nosotros mismos, sino de la misericordia de Dios. Escuchamos la invitación del profeta: "Convertíos al Señor, Dios vuestro, porque es compasivo y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad; y se arrepiente de las amenazas". El retorno al Señor es posible porque es obra de Dios y fruto de la fe que ponemos en su misericordia. Así podremos "rasgar el corazón y no las vestiduras".
"Convertíos a mí de todo corazón", es además una llamada que no solo se dirige al individuo, sino también a la comunidad. La dimensión comunitaria es un elemento esencial en la fe y en la vida cristiana. Cristo ha venido "para reunir a los hijos de Dios dispersos" (Jn 11,52). El "nosotros" de la Iglesia es la comunidad en la que Jesús nos reúne (cf. Jn 12,32): la fe es necesariamente eclesial. Y esto es importante recordarlo y vivirlo en este tiempo de Cuaresma: que cada uno sea consciente de que el camino penitencial no se afronta en solitario, sino junto a tantos hermanos y hermanas, en la Iglesia.
"Ahora es tiempo favorable, ahora es día de salvación" (2 Cor 6,2). Las palabras del apóstol Pablo resuenan también para nosotros con una urgencia que no admite abandonos o apatías. No podemos desperdiciar este momento, que se nos ofrece como una ocasión única e irrepetible. Cristo ha querido compartir todo lo humano hasta el punto de cargar con el pecado de los hombres y morir en la cruz. Retornar a Dios con todo el corazón en nuestro camino cuaresmal pasa a través de la cruz, el don total de sí. Es un camino interior en el que cada día aprendemos a vencer nuestro egoísmo y nuestra cerrazón, para acoger a Dios que nos abre y nos transforma.
La Iglesia, basándose en el Sermón de la Montaña de Jesús, recomienda tres prácticas fundamentales: la limosna, la oración y el ayuno para "retornar a Dios con todo el corazón". Jesús subraya que lo que caracteriza la autenticidad de todo gesto religioso es la calidad y la verdad de la relación con Dios. Por esto denuncia la hipocresía religiosa, el comportamiento que quiere aparentar, las actitudes que buscan el aplauso y la aprobación. El verdadero discípulo no se sirve a sí mismo ni al "público", sino a su Señor. Y en la sencillez y en la generosidad: "Y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará" (Mt 6, 4.6.18). Nuestro testimonio, entonces, será más eficaz cuanto menos busquemos nuestra propia gloria y seamos conscientes de que la recompensa del justo es Dios mismo, el estar unidos a él, aquí abajo, en el camino de la fe, y al final de la vida, en la paz y en la luz del encuentro cara a cara con él para siempre (cf. 1 Cor 13,12).
+ Manuel Sánchez Monge,
Obispo de Santander