Catolicidad escandalosa

Catolicidad escandalosa

Agencia SIC

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Mons. Agus­tí Cor­tés La mirada profunda a la realidad que nos rodea descubre una tendencia preocupante al cierre. Lo más visible es el cierre de fronteras nacionales, políticas y culturales. Pero también el cierre de fronteras de grupo, de ideas, e incluso de personas, individuos; algunos llegarían a decir "cierres del ego".

o más preocupante es que los cierres llevan a un proceso, un dinamismo que podríamos describir como un inicio de distanciamiento, un paso hacia la exclusión, el estallido de un conflicto, que lleva a un enfrentamiento. Este dinamismo tiene su último paso en la pérdida de humanidad, la muerte, la autodestrucción.

Un cartel bien lúcido anunciaba (o denunciaba) la vigencia de la ley del talión hoy, en pleno siglo XXI: "Ojo por ojo, diente por diente… al final todos ciegos y desdentados".

¿Cómo interpretar este fenómeno? Sin duda constituye un verdadero retroceso. Aunque se haya vendido como modernidad y progreso "defender lo nuestro". El problema fundamental radica en que la pretendida defensa de lo nuestro, buscando convertirse en eficaz, se hace contra lo que no es "lo nuestro": lo ajeno sufre así una especie de rebaja en su valía, una descalificación sistemática y, hasta y todo lo que podríamos llamar una cruel "demonización".

La apertura universal del mensaje cristiano es esencial en nuestra fe.

Ya supuso un verdadero escándalo para los judíos, para los que las mediaciones que Dios había usado en el Antiguo Testamento, la Antigua Alianza, eran absolutas y por tanto la incorporación al Pueblo de Israel, la entrada en sus límites, entendida como nación y único pueblo elegido, era una condición indispensable para la salvación. El argumento del libro de los Hechos es talmente la narración de esta rotura de límites – apertura universal decisiva que el Espíritu de Jesucristo provocó para instituir una Iglesia, una Pueblo verdaderamente católico.

Pero no es cuestión sólo del pasado. Hoy sentimos muchas críticas venidas del campo del ateísmo y del agnosticismo, que en nombre de la razón humana, rechazan la pretensión de la fe cristiana de creer y defender que, lo que los cristianos creen, pueda ser una verdad única para todos, porque, dicen, no es posible una verdad absoluta y universal, cada uno tendrá la suya, en caso de que haya alguna. Quien defienda el contrario, actúa como dictador, impositor de lo que cree ser verdad contra la libertad de las personas y de los pueblos. Esta argumentación termina brillantemente llevando una serie de ejemplos históricos donde la fe cristiana ha sido impuesta por la fuerza…

Los cristianos hoy debemos ser tan lúcidos como humildes, sobre todo en este punto. No negaremos nuestros errores, al contrario conservaremos un talante constante de conversión y arrepentimiento. Pero al mismo tiempo no podremos dejar de vivir y proclamar con respeto y libertad, que Jesucristo, su Palabra y su obra, es el mejor regalo, el único necesario para la salvación de todo el mundo, que nosotros ofrecemos a todos.

Lo entendemos y vivimos por muchos motivos. Quizás lo más claro sea que no hay más garantía de un amor humano, maduro, verdaderamente liberador, que aquel amor abierto a todos, universal y único, que nos llevó Jesucristo. En Él cada uno se encuentra a sí mismo y encuentra la vez a aquel diferente, como auténtico hermano. En esto, como en otras verdades, el mejor argumento es la experiencia.

+Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat