Carta pastora de Mons. Sebastià Taltavull: Somos tierra sagrada, ¡Dios nos posee!
Carta pastora de Mons. Sebastià Taltavull: Somos tierra sagrada, ¡Dios nos posee!
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Nacer. Abrir los ojos a la luz, a la vida. ¡Qué maravilla! Nuestra persona, pequeña, débil, ya es un proyecto de futuro, un signo de esperanza. Se nace en una casa, pero nos es regalada una familia. Se nace en un pueblo, pero nos son dados una comunidad humana, unos vecinos, unos amigos, un entorno humano necesario para desarrollarse y llegar a ser un miembro vivo de la sociedad, una persona adulta. Nacer, pues, es el inicio, la puerta por la cual se entra en la vida. Una vez introducidos en ella, conviene no perder nunca de vista la trayectoria ni abandonar el camino empezado. Se trata de ser fieles.
Quienes descubren que Jesús es importante y aman entrañablemente la vida saben que esta es un don de Dios y también saben que pueden recibir una vida nueva que los capacitará mucho más y podrán entrar a formar parte de una familia más amplia y extensa que les hará descubrir que el amor es universal y no tiene límites, que Dios es amor. Esta familia más amplia es la Iglesia, de la que formamos parte todos los bautizados. Al recibir el bautismo somos incorporados a esta comunidad, familia de familias, y a su misión de vivir y dar a conocer a Jesús y el Evangelio. Por eso, la vida cristiana es un proceso que dura toda la vida.
Somos tierra sagrada, tierra habitada por Dios. Hemos nacido de Dios y nuestra vida, por el bautismo, ha quedado unida y configurada a Él. De aquí proviene nuestra máxima dignidad, la de ser hijos de Dios, a quien -por la palabra de Jesús- podemos llamar con toda confianza "¡Padre!". Desde nuestro bautismo y a la luz del de Jesús, podemos entender los aspectos claves de nuestra vocación cristiana en medio del mundo en los mismos términos de identidad y de misión. Su encargo sigue siempre actual: "Id a todos los pueblos y hacedlos discípulos míos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y enseñándoles a guardar todo aquello que os he mandado" (Mt 28,19-20).
La identidad de Jesús se entiende desde su intimidad filial con el Padre y de la cual nace su experiencia de fraternidad, es decir, ser-para-los-demás. La predicación del Reino de Dios es una sintonía entre estas dos realidades fundamentales. Así, nuestra identidad de bautizados se realiza entre un ser-para-Dios y un ser-para-los-demás, una vocación a irradiar el amor de Dios mediante el seguimiento de Jesús y la transmisión de su misma experiencia filial y fraternal. Este es el valor más preciado, la predilección que nos hace testimonios del Resucitado para ir construyendo día a día una humanidad de hermanos.
Mons. Sebastià Taltavull
Obispo de Mallorca