La alegría de nuestra fe. Dios Padre (I)

Agencia SIC

Publicado el - Actualizado

3 min lectura

Mons. Braulio Rodríguez Nos situamos en el Cenáculo, tras la última Cena, en la oración de despedida de Jesús, antes de caminar al huerto de los Olivos, donde será entregado. Noche impresionante, momento crucial de Cristo antes de morir. Es una oración de intercesión de Jesús a Dios Padre por las futuras generaciones de creyentes; también por ti y por mí: "No sólo ruego por ellos, sino también por los que crean en mí por la palabra de ellos (Jn 17,20). Mira Cristo más allá del Cenáculo hacia el futuro. Significa esto que esa oración de Jesús no se queda simplemente en el pasado: Él está siempre ante el Padre intercediendo por nosotros. También quiere atraernos a nosotros a su oración, una oración de unidad, de nuestra unidad. Esta unidad se parece a una lucha de Jesús por nosotros y con el Padre. Cuanto más nos dejamos atraer por esta dinámica, tanto más se realiza la unidad, la comunión en la Iglesia. Cuanto más nos alejamos del deseo ardiente de Cristo, tanto más contribuimos al caos de la desunión.

¿Acaso ha desoído el Padre a Jesús? El drama de la desunión entre los cristianos, un verdadero desastre, Cristo la soporta, pero lucha y la sufre con nosotros, los seres humanos. Sí, hermanos, una y otra vez Él debe soportar el rechazo a la unidad, y aún así, una y otra vez se culmina la unidad con Él, y en Él con el Dios unitario. Es decir, el pecado del hombre, que reniega de Dios y se repliega en sí mismo, camina junto a las victorias de Dios, que sostiene la Iglesia a pesar de su debilidad y atrae continuamente a los hombres y mujeres dentro de sí, acercándolos de este modo los unos a los otros.

Toda esta tendencia a la desunión y a alejarse de la unidad en el ser humano contrasta con la unidad fundamental de la fe cristiana. Consiste en el hecho de que creemos en Dios Padre todopoderoso, Creador del cielo y la tierra. Que lo profesamos como Dios Trinitario: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Siempre hemos confesado que la unidad suprema no es una soledad, una realidad encerrada en sí misma, sino una unidad a través del amor. Creemos en el Dios, en el Dios concreto, que ha llegado a nosotros. Creemos que Dios nos ha hablado y se ha hecho uno con nosotros. Y la tarea común que tenemos en la nueva evangelización es dar testimonio de este Dios vivo.

Tenemos que estar muy convencidos de que el ser humano tiene necesidad de Dios, que donde hay Dios, allí hay futuro. O, ¿acaso las cosas van bien sin Él? Tal vez estamos en un momento de la historia de nuestra España que podemos considerarla como una primera fase en la que se siente la ausencia de Dios de modo global, pero su luz sigue mandando sus reflejos y mantiene el orden de la existencia humana; también muchos tienen la impresión de que las cosas funcionan bastante bien sin Dios. Pero el Papa Benedicto y otros muchos testigos de la historia actual nos están diciendo ya que, cuanto más se aleja el mundo de Dios, tanto más resulta claro que el hombre, en la desmesura del poder, en el vacío del corazón y en el ansia de satisfacción, se "pierde" cada vez más.

Pero en realidad la sed de infinito está presente en el ser humano que no se puede extirpar fácilmente, pues el hombre ha sido creado para relacionarse con Dios y tiene necesidad de Él, aunque no lo reconozca. Por eso, repite el Papa constantemente, nuestro primer servicio debe ser testimoniar juntos, con otros creyentes, la presencia del Dios vivo y dar de este modo al mundo la respuesta que necesita. Naturalmente para los cristianos de este testimonio forma parte, de modo absolutamente central, el dar testimonio de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, que vivió entre nosotros, padeció y murió por nosotros, y que en su resurrección ha abierto totalmente la puerta de la muerte.

+Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España