Las emotivas palabras del papa Francisco sobre san Juan Pablo II

El papa Francisco habla sobre san Juan Pablo II en un capítulo de un nuevo libro que adelanta 'Famiglia Cristiana'

Las emotivas palabras del papa Francisco sobre san Juan Pablo II

 

Alfa y Omega

Semanario católico

Tiempo de lectura: 5'Actualizado 09:36

Cerca de la celebración de los 100 años del nacimiento de san Juan Pablo II, el Papa Francisco le acaba de rendir homenaje en el libro-entrevista San Giovanni Paolo Magno (San Paolo). 'Famiglia Cristiana' acaba de hacer público el primer capítulo, titulado Sobre ti construiré mi Iglesia, que rastrea la elección de Bergoglio al trono de Pedro y sus relaciones personales con Wojtyla, el Pontífice que lo hizo cardenal.

Santidad, ¿qué impresión tuvo al conocer la elección de Juan Pablo II, el primer Papa no italiano después de casi 500 años?

Escuché sus primeras palabras y tuve un muy buen presentimiento. Y esta impresión se fortaleció inmediatamente después, cuando me dijeron que había sido capellán de universidad, profesor de filosofía, alpinista, esquiador, deportista, un hombre que rezaba mucho. Me encantó e inmediatamente sentí una gran simpatía por él.

¿Qué papel jugaba usted en la Iglesia en ese momento?

Yo era provincial de los jesuitas.

Volvamos por un momento a esa tarde de octubre de 1978. El Papa Juan Pablo II dice algunas palabras extraordinariamente significativas: «Los venerables cardenales llamaron a un nuevo obispo de Roma. Lo llamaron de un país muy lejano, pero siempre cerca de la comunión en la fe y la tradición cristiana».

Usted también, Santo Padre, usó palabras similares: «Parece que mis hermanos cardenales fueron a buscar al Papa casi al fin del mundo». ¿Había pensado en él al decir estas palabras?

En realidad, no. En primer lugar porque no me imaginaba ser elegido. Muchos dicen que en el cónclave de 2005 había recibido varios votos. Pero la verdad es que el Papa correcto en ese momento era Ratzinger. Estaba convencido y lo apoyé. En el cónclave de 2013, ya me consideraba un obispo retirado que no corría ningún riesgo. Por eso no había pensado en nada de esto. Entonces, inmediatamente después de mi elección, después de usar la sotana blanca, tuve que salir al balcón y me pregunté: ¿qué le diré a la gente? Recordé lo que me había dicho el cardenal Errázuriz unas horas antes, pero a lo que no había dado peso. Fuimos a rezar a la capilla paulina con dos compañeros a quienes llamé personalmente, en contra del protocolo. Al cardenal Vallini le dije: «Tú eres el vicario, ven conmigo». Y a mi amigo, el cardenal Hummes –quien me dijo: «No te olvides de los pobres»–, le pedí: «Acompáñame». Y con los dos fui a rezar. Allí se me ocurrió la idea de decir que el cónclave había elegido un nuevo obispo de Roma, hacer un recuerdo de Benedicto, y luego: «Vamos juntos». La expresión «del fin del mundo» me llegó espontáneamente en ese momento, mientras miraba la logia de San Pedro.

¿Qué le había dicho el cardenal Errázuriz, eso a lo que no había dado peso?

Habían ocurrido algunos episodios esa mañana que no me habían preocupado particularmente, pero que aún me hacían pensar más tarde. En primer lugar, el cardenal Ortega y Alamino me pidió el texto que había pronunciado durante una de las reuniones oficiales de los cardenales en esos días. En realidad no había escrito nada, intenté recordar las palabras en la mente y las reescribí a mano. Se lo llevé, cuando volvimos antes del almuerzo, y le dije: «Ten, lo hice a mano». Y él me dijo: «Oh, qué lindo, así que tengo un recuerdo del Papa». Le respondí: «No bromees».

Después de darle esa nota, cogí el ascensor para bajar al segundo piso y el cardenal Errázuriz me dijo: «¡Date prisa para preparar el discurso!». «¿Qué?». «Lo que tienes que decir en el balcón». «¡Vamos, no bromees!». Luego, durante el almuerzo, mientras buscaba un lugar para sentarme, inmediatamente me llamaron: «Ven Eminencia, ven con nosotros», eran cardenales europeos que no conocía. Durante el almuerzo me hicieron muchas preguntas sobre América Latina y la Iglesia. Luego nos fuimos a descansar y les puedo asegurar que descansé muy bien. Por la tarde volvimos a votar, me había olvidado un poco de estos episodios y me entretuve para hablar con el cardenal Ravasi sobre el libro de Job. Durante la primera votación me di cuenta de que el peligro era realmente grave. En la segunda votación fui elegido.

¿Cómo se sintió en esos momentos, al escuchar su nombre pronunciado durante el recuento?

Recuerdo rezar el rosario y sentir una gran paz. Es una paz que me acompaña desde entonces hasta hoy.

¿Alguna vez había experimentado esa paz?

Cuando me hicieron obispo auxiliar sentí la misma paz.

¿Fue en esta ocasión cuando tuvo su primer encuentro con Juan Pablo II?

En realidad, no. Lo conocí en un momento oscuro de mi vida, cuando vino a Argentina por segunda vez, en 1987. Regresé de Alemania después de un período que pasé allí para escribir un doctorado sobre Romano Guardini y alejarme un poco del clima tenso en mi propia provincia religiosa. Creo que todo tiene su raíz en el hecho de que he tenido roles responsables desde que era joven. El año siguiente a mi ordenación fui nombrado maestro de novicios. De 1973 a 1980 fui provincial y de 1980 a 1986 fui rector del Colegio del Salvador, en Buenos Aires.

A veces he ejercido mi rol de responsabilidad con excesiva firmeza, pero era un momento difícil en Argentina. Ahora puedo hacer autocrítica, pero en ese momento hice lo que me dictaba la conciencia, y probablemente alguien lo vivió mal.

En ese momento difícil yo estaba en el colegio del Salvador, vivía allí. Entonces el nuncio me invitó a conocer al Papa, lo saludé y el nuncio dijo suavemente que era jesuita. Repitió en voz alta: «¡Ah, un jesuita!». Ese encuentro me conmovió mucho, fue un consuelo en un momento oscuro. Pero fue la única vez que lo encontré directamente antes de ser obispo.

¿Cómo se enteró de que había sido nombrado obispo auxiliar?

Estaba en Córdoba, era 1992. Me transfirieron allí el 16 de julio de 1990. Estuve en esa comunidad en el 91 y el 92, hasta mayo, cuando el nuncio me llamó y me dijo: «¿Puedes venir aquí?». «No, dije, no puedo, excelencia, no puedo moverme, sería una dificultad para mí». En el pasado, el Nuncio me había llamado dos, tres veces para saludarme o pedirme una consulta sobre una persona que conocía. Él dijo: «¿Pero puedes salir de la casa?» Le dije: «Sí, aquí en la ciudad, sí». Él respondió: «Hagamos una cosa, mañana tomaré el vuelo de Buenos Aires a Mendoza con una escala en Córdoba, me están esperando en el aeropuerto porque tengo que hacer algunas consultas». Fui al aeropuerto y, en su viaje de regreso desde Mendoza, se detuvo allí durante el tiempo de la escala y me mostró los papeles que me había dicho sobre pedir un consejo. En un momento escuchamos el aviso que anunciaba el vuelo a Buenos Aires y, por lo tanto, nos despedimos. En ese momento me dijo: «Ah, otra cosa, has sido nombrado auxiliar de Buenos Aires. El padre general dio su consentimiento». Yo solo respondí: «Está bien. ¿Y cuándo se hará público?». Él respondió: «Tal vez el día 20 o el 21». Le dije: «Está bien, gracias». En ese momento sentí la misma paz que sentí el día de mi elección como Papa.

Ya como obispo auxiliar, ¿tuvo la oportunidad de conocer al Papa Juan Pablo II?

Sí, cuando llegué al Sínodo sobre la vida consagrada en 1994. En ese momento fui nombrado vicario general por el cardenal Quarracino.

Se dice que fue él quien le quería como sucesor, ¿es cierto?

Sí, algunos lo sostienen. El nuncio me llamó el 3 de junio y me dijo: «¿Puedes venir a almorzar?». Almorzamos, y luego llegó un pastel y una botella de champán. Le pregunté: «¿Qué celebras? ¿El cumpleaños?». Él respondió: «No, no, celebremos que has sido nombrado obispo coadjutor» [obispo coadjutor es aquel obispo auxiliar que tiene derecho a sucesión en la sede de la que es auxiliar, N. del T.].

En el tiempo que vivió como arzobispo de Buenos Aires, ¿tuvo Su Santidad la oportunidad de intensificar su relación con Juan Pablo II?

Sí, tuve la oportunidad primero durante los Sínodos, pero también durante las visitas ad limina. Pero, sobre todo, recuerdo que, en 2001, cuando me hicieron cardenal, sentí un fuerte deseo, mientras estaba arrodillado para recibir el sombrero del cardenal, no solo de intercambiar el signo de la paz, sino de besar su mano. Alguien me criticó por este gesto, pero para mí fue espontáneo. Luego, el mismo año, en septiembre, hubo un ataque contra las Torres Gemelas en Nueva York, y el cardenal Egan, que era el principal orador del Sínodo, tuvo que regresar a la diócesis en octubre para conmemorar a las víctimas. Juan Pablo II me eligió como sustituto. El tema de la reflexión se refería precisamente a la figura del obispo. En esa ocasión tuve la oportunidad de reunirme con el Papa varias veces de manera oficial, pero también de almorzar con él y otros obispos.

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