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El aire de alta mar azota mi rostro

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José Luis Restán
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Director Editorial COPE

Tiempo de lectura: 2'Actualizado 15:21

Hace cincuenta años fallecía uno de los teólogos más brillantes del siglo XX, el jesuita francés Jean Daniélou. Participó activamente en los debates del Concilio Vaticano II y resultó, como sus amigos De Lubac y Ratzinger, inclasificable. A ellos le ligaba su sentido de la historia y su amor a los Padres de la Iglesia. Al concluir el Concilio no ocultaba un sentimiento ambivalente, porque se había llevado a cabo una obra plenamente positiva, la reconciliación de la Iglesia con el mundo moderno, pero, al mismo tiempo, notaba que se habían infiltrado algunas influencias disolventes que iban a provocar cierta degradación en la Iglesia. Daniélou, que siempre gozó de la confianza del papa Pablo VI, que le nombró cardenal, decía que lo que le atraía de la Iglesia no era la simpatía que pudiera sentir hacia las personas que la componen, sino lo que ella le daba a través de esas personas: “no puedo encontrar a Jesucristo de una manera auténtica fuera de Ella”.

Muchos recuerdan a Daniélou más por la polémica que rodeó su muerte, que por su enorme obra teológica. Falleció de un infarto en casa de una prostituta a la que había llevado dinero para que pagase al abogado que intentaba sacar a su marido de la cárcel. Fue la última de las obras de caridad que realizaba en secreto en favor de personas marginadas. Aquella mujer dijo más tarde que al verlo caer de rodillas pensó que “aquella era una bella muerte para un cardenal”. No todos pensaron así: hubo revistas anticlericales que intentaron fabricar un caso, y algunos eclesiásticos también aprovecharon para su particular ajuste de cuentas, porque Daniélou no se mordía la lengua en aquellos años de ásperos debates.

Estaba convencido de que la Iglesia es responsable, ante todo, de la fe, de que lo esencial de su mensaje consiste en hacer a Dios presente dentro de las circunstancias cambiantes de la historia. En una ocasión había escrito: “el aire de alta mar azota mi rostro”, pero, como dijo su sucesor en la Academia Francesa, el dominico Ambroise Carré, “no se refería al Atlántico, sino a otro océano y a otro viento, el del Espíritu”.


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