Un signo puesto en el corazón de la humanidad
Escucha la Firma de José Luis Restán del jueves 12 de marzo
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¿Qué significa que la Iglesia es “el pueblo de Dios”? La imagen es sugestiva y tiene un profundo arraigo en la Biblia, aunque también ha suscitado malentendidos y erróneas interpretaciones. Ayer el Papa retomó su explicación de la constitución Lumen Gentium, del Vaticano II, y señaló que la Iglesia es un pueblo, sí, pero “no como los demás”. Su principio unificador no es una lengua, una cultura o una etnia, sino la fe en Cristo. El “único título honorífico” que deberíamos buscar como cristianos… es el de ser, en Cristo, hijos de Dios, y así poder vivir como hermanos entre nosotros.
La Iglesia, explicó León XIV, no puede estar replegada nunca en sí misma, sino que está abierta a todos y es para todos. Naturalmente, para los que libremente quieran vivir en ella. Es, por tanto, un pueblo que “debe extenderse a todo el mundo y en todos los tiempos”, pero no mediante una conquista armada, como los imperios de este mundo, sino mediante el testimonio de la verdad y del amor que se ofrece a la libertad de todos. Este pueblo es “católico” porque acoge las riquezas y los recursos de las diversas culturas y, al mismo tiempo, les ofrece la novedad del Evangelio para purificarlas y elevarlas.
En un mundo atravesado por guerras y conflictos de todo tipo, es un gran signo de esperanza saber que la Iglesia es “un pueblo en el que conviven, en la fuerza de la fe, mujeres y hombres de distinta nacionalidad, lengua o cultura”. “Es un signo puesto en el corazón mismo de la humanidad”, decía ayer el Papa sin ocultar el asombro y la gratitud que supone un hecho así, mantenido en la historia tras casi veintiún siglos de refriega. Si este asombro y esta gratitud que ayer mostraba León XIV fuesen nuestro punto de partida, caminaríamos más ligeros, nuestro testimonio sería más elocuente y nos ahorraríamos mucha verborrea inútil.