¿Cómo es posible sin Dios el amor, el mar y la tormenta?
Escucha la Firma de José Luis Restán del miércoles 4 de marzo
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Eduardo Chillida es uno de los grandes artistas de nuestro tiempo y, además, acompañó toda su obra de una reflexión de gran hondura y belleza. Acabo de contemplar y de gustar la exposición virtual “Eduardo Chillida. El elogio del infinito”, que es una forma sencilla de acercarnos a su vida y a su obra; aunque no nos dispensa de visitar el “Chillida Leku”, el gran museo en el que sus obras se integran en el paisaje que le ayudó a mirar la realidad de un modo singular. Chillida siempre estuvo movido por el deseo de traspasar el límite de lo ya sabido para ir «más allá». Afrontaba la realidad lleno de asombro y de preguntas. Su profunda religiosidad no era un añadido ornamental a su trabajo, ni una especie de consuelo tras el duro esfuerzo de crear en la fragua. Era la forma de entrar en el espesor de lo real, en las preguntas que imperativamente plantea a nuestra humanidad sobre el dolor, sobre el amor, sobre el tiempo y la eternidad, sobre el significado.
Decía que “la vertical es la gran línea del hombre vivo”, condicionado por la gravedad que tira de él hacia abajo, pero en la misma línea actúa “otra fuerza que se rebela contra esa gravedad y que es una fuerza que va hacia arriba… todo actúa en esa línea, y esa es mi línea”, decía en una de sus reflexiones. Le gustaba decir que era “un cristiano normal y corriente”. “Yo creo que (Dios) ha estado presente siempre en mi obra y también en mi vida, decía el gran artista vasco, lo siento como aquello que está cerca y lejos, al final, el Todo; sí, esa Suma que es el Camino más grande que todos los pasos de un hombre y de todos los hombres juntos… el final es la Vida, claro, una Vida que es capaz de contener la Muerte”. Seguramente por eso la cruz fue uno de sus motivos más habituales. Para él, la cruz es el “lugar de encuentro de toda la historia de la humanidad, de todas las cosas que han pasado”. Qué gozo y qué profundidad de mirada.