Ese perenne milagro

Escucha la Firma de José Luis Restán del jueves 5 de marzo

José Luis Restán

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Ayer el Papa retomó su catequesis sobre los documentos del Concilio durante la Audiencia General de los miércoles, y profundizó en la Constitución Lumen Gentium sobre la naturaleza de la Iglesia. León XIV dijo con mucha sencillez que “la Iglesia es una comunidad de hombres y mujeres, con sus virtudes y sus defectos, que comparten la alegría y el esfuerzo de ser cristianos”. Pero esto no es suficiente para describir su verdadera naturaleza, porque en ella actúa una fuerza que viene de lo Alto. La Iglesia vive en esta paradoja: es una realidad a la vez humana y divina, que acoge al hombre pecador y lo conduce a Dios.

Las personas concretas que en cada momento forman parte de la Iglesia, unas veces manifiestan la belleza del Evangelio y otras veces se cansan, se equivocan e incluso traicionan. Sin embargo, a través de esa realidad cargada de limitaciones, Cristo se hace presente y actúa. León XIV citó a Benedicto XVI para explicar que “no existe oposición entre el Evangelio y la institución” y para deshacer un típico equívoco: “no existe una Iglesia ideal y pura, separada de la tierra, sino solamente la única Iglesia de Cristo, encarnada en la historia”. La santidad de la Iglesia que proclamamos en el Credo no implica la perfección, ni siquiera la coherencia de sus miembros. Significa que Cristo la habita y sigue donándose a través de la pequeñez y la fragilidad de sus miembros. Y este es, como dijo ayer el Papa, el “perenne milagro que sucede en ella”: que a través de la debilidad de los cristianos Dios se manifiesta y actúa. Ojalá que este milagro perenne, que no pueden ocultar ni las miserias ni las traiciones de los propios cristianos a lo largo de la historia, nos llene de asombro y de gratitud, nos haga humildes y nos cure de cualquier altanería o espíritu de superioridad.