Ante ese hombre clavado en la cruz, el centurión cambia
Escucha la Firma de José Luis Restán del lunes 30 de marzo
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La decisión “irracional y desproporcionada” de las autoridades israelíes de impedir la entrada del Patriarca de Jerusalén, cardenal Pizzaballa, y del Custodio franciscano de Tierra Santa, P. Ielpo, a la basílica del Santo Sepulcro, para celebrar la Misa del Domingo de Ramos, ha girado los ojos del mundo hacia el Monte de los Olivos, el mismo día en que en todas las iglesias del mundo se proclamaba la lectura de la Pasión. Porque ante la negativa de la policía israelí a permitirle acceder al Santo Sepulcro, el cardenal se dirigió a Getsemaní, donde Jesús oró, lloró y luchó en aquella terrible noche.
Con la mirada puesta en Jerusalén, el cardenal Pizzaballa ha dicho que “hoy, Jesús vuelve a llorar por esta ciudad, que sigue siendo signo de esperanza y de dolor, de gracia y de sufrimiento”. En aquella noche parecía que la oscuridad había vencido, pero en el momento dramático de la muerte de Jesús, un centurión confiesa: "¡Verdaderamente este era Hijo de Dios!". Es un detalle, dijo el cardenal, que aún nos interpela hoy. El centurión es un soldado que pertenece al mundo del poder, y por su oficio, mide el éxito por la capacidad de doblegar a los demás, de vencer. Sin embargo, “ante este hombre clavado en la cruz, ante un amor que no se defiende, el centurión cambia; su criterio de juicio se rompe, descubre que el verdadero poder no reside en su fuerza o en la espada que mata, sino en la vida que se entrega”.
Quizás el destemplado acto de prepotencia que ayer cometió la autoridad israelí haya servido para que el mundo escuche estas palabras no como un devoto recuerdo, sino como la clave para entender el presente: la verdadera paz “no es un pacto frágil entre enemigos, sino una paz que pasa por la cruz de un Dios que se entrega por completo y que no necesita la fuerza o el poder de las armas...”.
Ayer los cristianos no pudieron llevar palmas en procesión por las calles de Jerusalén, pero, en la persona de su pastor, fueron testigos de un amor que no se rinde y que lleva la luz de Cristo allí donde todo parece oscuridad.