La foto: “El indio quiere reconocimiento, distinguirse, quiere deslindarse, despuntar”

La foto de Fernando de Haro.

Redacción digital

Madrid - Publicado el - Actualizado

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La foto que me ha llamado la atención hoy está tomada dentro de una autobús del ayuntamiento. La guagua es ancha, con los cristales grandes y olor a madrugón, a tartera, a turno de fábrica. Reina el silencio en su interior. La línea avanza por un barrio pobre. Al fondo un joven de origen irlandés con un gran tupé y una cazadora remangada. Más adelante un anglosajón con camiseta y camisa a cuadros que mira el paisaje urbano y espera plácido la barbacoa del sábado. Delante y detrás mexicanos con bigote de película, muy bien peinados, perfumados con agua de colonia. Y en medio un joven enorme, casi un gigante, con las piernas cruzadas y unas botas de baloncesto. Las facciones de su cara reflejan orgullo, los ojos ocultos tras unas gafas de sol para aviadores. Es un jicarilla apache con una corona de plumas de águila. Una pluma por cada batalla, por cada escaramuza de la que salió ileso él o más bien sus antepasados. La diadema alada se la pone o se la ponían sus mayores cuando viajaban a las colinas sagradas entre los cuatro ríos para comunicarse con el Creador del mundo. El indio grande mira hacia la izquierda, el resto de los pasajeros hacia la derecha. El indio grande está sentado de lado, el resto de los pasajeros de frente. El indio quiere reconocimiento, distinguirse, quiere deslindarse, despuntar. El indio no quiere ser un ciudadano anónimo en un mundo de números, no quiere ser explicable, no quiere ser despejable como una ecuación de primaria, no quiere ser la suma de sus antecedentes, de sus agravantes o de sus eximentes.