Madrid - Publicado el - Actualizado
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La foto que me ha llamado hoy la atención es de Santi Burgos. La escena está recargada como un retablo barroco. De fondo un muro gris lleno de pintadas, palabras de spray, unas sobre otras. Palabras de spray que condensan amargura, hiel, rastro de corazones heridos. Delante del muro de las lamentaciones, unos niños juegan con un cubo de basura. En torno a un bidón en el que arde una candela herrumbrosa se calientan las cuatro gracias del barrio.
Y después, ya fuera de foco, otro niño que busca en el culo de una botella de leche el pan para migar. Las cuatro gracias del barrio, las cuatro jóvenes mujeres aún están en pijama, aún van en bata, aún calzan zapatillas de felpa con pies desnudos. Una de las cuatro gracias tiene el pelo rubio y cara de morena. Otra posa en jarras, mientras la tercera se rasca y la cuarta se ríe. Las batas de las chicas, batas cortas van del morado nazareno, al rosa chicle. Las cuatro gracias aún están en pijama y digo aún inseguro porque igual no se lo quitan en todo el día. Igual, después de templar el cuerpo en la fogata van al super, preparan la comida y miran la tele sin cambiarse. Bien visto no es tan raro. Levantarse y mudarse es una auténtica proeza.
La luz del amanecer siempre siembra nostalgias, siempre llega con una tristeza sin ojos. Bien visto no es tan raro. Las cuatro gracias no abren la ventana por la mañana, deben levantarse pero no se levantan. Los críos chillan, la algarabía llega al techo. No son perezosas, no les falta sangre, les falta lo que todo el mundo da por supuesto. Las cuatro gracias no se mudan, no son descuidadas, les falta lo que todo el mundo da por supuesto.