Madrid - Publicado el - Actualizado
2 min lectura
La foto que me ha llamado hoy la atención parece un cuadro abstracto. Si miras la foto sin detenerte mucho semeja a una mancha de color trigo, de color pan de viena, de tierra que quiere llegar a ser albero pero se queda pálida. Un mancha salpicada aquí y all´í por diminutas virutas oscuras. Pero no, no es un cuadro, es una foto. Una foto hecha desde muy alto, desde el último cangilón de una noria gigantesca. Si te fijas con atención resulta que la mancha no tiene nada de abstracta, es un campo de fútbol de tierra. Las líneas de aéreas y de las bandas las han marcado con cal. Las que parecían virutas son los jugadores y los pequeños grupos de seguidores de los dos equipos. No hay gradas, ni televisiones, es un modesto partido de la liga no profesional. Desde tan arriba cada uno de los deportistas, cada uno de los amigos que anima parece una hormiga diminuta, un insecto pequeño. Tan pequeño que ni si quiera es un número porque es casi imposible contarlos. Sería fácil aplastarlas, son casi nada. La melancolía con la que se ha despertado uno de los porteros, esa melancolía que solicita una ternura recia no es nada. La ilusión del delantero más avanzado, la ilusión de aprobar los exámenes, de empezar a ser útil no es nada. El dolor, el desengaño que le arde en el pecho al defensa no es nada. La herida de su compañero tampoco. Las lagrimas vertidas en el silencio de la noche, la memoria de la infancia, las caricias junto a la cancela del jardín, la buena tarde de tabernas y amigos tampoco. Ni la cofradía, ni la belleza de los ojos azules, ni el beso a la carne fría del que se ha muerto, ni la mano limpia del niño que mira con atención la jugada. Nada es nada desde tan alto. Por eso el cielo no está arriba, el cielo no puede ser un sitio desde el que todos somos como hormigas. El cielo está dentro, en un adentro de nosotros mismos no visitado.