La foto: "Extranjeros siempre, sin el acento nunca"

La foto que elige hoy Fernando de Haro es la de un andén de estación con un tren antiguo

Fernando De Haro

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Me ha llamado la atención una foto chiquita y en blanco y negro que publica hoy La Vanguardia. Es una foto del andén de una estación de tren de los años 40 o 50. El tren está estacionado y los pasajeros se suben a él con calma. Es uno de esos trenes que llamaban rápidos y que olían a hierro pasado de fecha, a tabaco negro, a las sal de las miles de lagrimas vértidas en las despedidas, a los suspiros por las separaciones largas, a pana de campesino, a almuerzos de churrusco de pan y poco chorizo.

En el anden el equipaje de una familia que viaja lejos, que más que un viaje parece una mudanza. Tres grandes maletones atados con cuerdas y luego unas bolsas rellenas y alguna caja. La familia, padre, madre e hija, llevan ropas modestas. Quizá sea otoño, el final de lo otoño, porque llevan jerseys gruesos pero no abrigos. Al fondo se ven más viajeros con la misma modestia y equipajes parecidos. Se subirán al tren con el pellizco en el estómago, mirando mucho los árboles, los campos, los campanarios que que quedan atrás porque no saben cuando van al volver. Que es como si los viajeros se estuvieran muriendo un poco, que van despediéndose con los ojos. Y el pellizco en el estómago se les quedará muchos días, muchos meses después de llegar. Que sí, que vendrán los hermanos y los sobrinos a recogerlos en la estación de llegada, que los tendrán alojado en casa, pero luego habrá que empezar a buscar trabajo y que no entenderán la lengua, que todo será diferente, los olores, las gentes, hasta los árboles parece que crecen en otro idioma, que el dinero se irá acabando, que luego él, que ya no es crío, entrará en una fábrica con compañeros con los que no podrá hablar y ella quedará en casa zurciendo una y otra vez, lavando y relavando y que hasta el aire parecerá decirles que son de fuera, de otro lado. Extranjeros siempre, sin el acento nunca, nunca tan solos en los primeros diez, en los primeros veinte años. Los extranjeros que han llorado en la noche en su lengua, lágrimas vertidas lengua que aprendieron lejos, tienen un cielo muy grande a su nombre.