Madrid - Publicado el - Actualizado
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La foto que me ha llamado la atención viene de un país lejano. Es un retrato en primer plano de una chica entre barrotes. La joven, con la piel del color del oro oscuro, se cubre la cabeza con un pañuelo marrón. Tiene los labios finos y abre mucho la boca. No se le ven los dientes, no se le ve la lengua porque emite un grito profundo, el grito de quien ha sufrido el agravio, la humillación, y el oprobio. Es el grito de quien no se conforma con la afrenta que sufren los pobres por ser pobres, que sufren los que luchan por la justicia. El grito de la protagonista de la foto es el grito de los inocentes que están en prisión, el de los débiles abusados, el de los que esconden la pena en un insomnio sin fin. A la joven se le ven unas cejas que parecen palmeras negras. Y debajo unos ojos luminosamente negros, medio cerrados, medio abiertos. La joven alza una mano con dedos finos, una mano cerrada con un dedo que señala a ninguna parte. Por la mejilla le corren a la protagonista de la foto dos lagrimones, dos lagrimones de sal escocida. Llora la chica porque la humillación escuece el alma y conquista pasado, presente y futuro. Benditas lágrimas. Benditas lagrimas que acompañan a un dolor que se grita. Benditas lágrimas. Un dolor que se grita puede encontrar consuelo. Cuando la joven de la foto era una niña que apenas sabía andar, lloraba cuando al caerse se hacía daño. Y venía entonces su madre a enjugar aquellas dos gotas de agua limpia, eran los primeros dolores de una chiquilla que se estrenaba en el mundo. Otras veces era el padre quien se las secaba. Las lágrimas, las benditas lágrimas, ruedan de otro modo cuando se sabe que en algún momento alguien vendrá a secarlas. Dos lágrimas dicen mucho, dicen que la tierra no está completamente baldía, dicen que la piedra no está del todo seca, dos lagrimas quieren decir que los muertos todavía no han invadido el jardín, que los muertos no han perdido sus huesos. Dos lagrimas son una oración, un gemido que llama a una madre, a un padre.