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Expósito, testigo del drama migratorio en México: "Traigo a mi hermano menor para sacarlo de las pandillas"

El director de La Linterna se traslada hasta Ciudad de México y hasta la parroquia de La Soledad, donde se ayuda cada día a más de 300 migrantes

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Tiempo de lectura: 3'Actualizado 22:12

La iglesia de Santa Cruz y Soledad se erige en el céntrico barrio que lleva su nombre, en la ciudad de México y es como un faro para los cientos de inmigrantes que alcanzan esta inmensa ciudad. Su localización se la pasan de unos a otros, porque saben que en este templo, uno de los más grandes y antiguos de la ciudad, van a recibir atención médica y ayuda legal, van a comer y dormir dos o tres días.

El sacerdote Benito Torres Cervantes es el párroco de La Soledad, llegó en 2015 y, desde entonces, no ha descansado. Reconoce en La Linterna que no ha calculado a cuánta gente han dado de comer, porque “cuando das no te fijas en la cantidad, sino aquel que lo necesita”. Así se lo contaba a Expósito, que se ha trasladado hasta la propia Ciudad de México, donde ha sido testigo del drama de los migrantes.

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“Desde hace 3 años, cuando acrecentó al crisis migratoria, aquí el número pasó de 300 a 1.300 hermanos que pedían posada unos días. Ahora encima se complica porque no sólo es presentarse en la frontera, sino que tienen que pedir una cita y esperar, eso hace un cuello de botella”, lamenta en COPE el sacerdote. Un refugia y un sistema de ayuda que pagan diferentes fundaciones y personas. “Nosotros tocamos puertas y, al final, alguna se nos va a abrir para cumplir nuestra labor”.

“Tratamos que por medio de los medios de comunicación nos vea más gente y pueda llegar ayuda a este lugar”, cuenta el padre Benito que, eso sí, subraya que en La Soledad no se discrimina, “ya seas católico o no”.

El sacerdote Benito Torres Cervantes de la parroquia La Soledad, en Ciudad de México

El sacerdote Benito Torres Cervantes de la parroquia La Soledad, en Ciudad de México / COPE



La historia que empujó al padre Benito a crear el refugio

“Soy feliz, pero no pensé que iba a llegar a esto, aunque creo que lo traigo desde pequeño, porque nuestra mamá nos decía que siempre teníamos que ir a compartir en momentos de felicidad, como Navidad o incluso cumpleaños”, relata emocionado el sacerdote que rompe a llorar cuando recuerda a sus hermanos. “Yo pasé por una situación de pobreza extrema y cuando íbamos por una despensa sólo pensaba en ver las caras de mis hermanos, que estuvieran alegres y contentos, eso es lo que hace que siga ayudando”, relata entre lágrimas.

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Y es que Rosario, una de las ayudantes en La Soledad, confiesa a Expósito que hubo un episodio en concreto que conmovió al padre Benito a comenzar a ayudar a los migrantes. “El padre Benito llegó hace 10 años y a él lo que le movió fue que había gente retirando excrementos de la basura para poder buscar comida. Eso le movió por dentro y dijo que debían tener una comida digna”.

“Empezamos con 18 personas a las que dábamos de comer cada 8 días, ahora son más de 300 y les damos de comer cada día”, concluye.





“Traje a mi hermano para sacarlo de las pandillas”

Griselda y Josué son hermanos, están en el centro de CDMX, pero son de El Salvador. Cuenta Griselda en La Linterna que salió de su país porque allí no hay empleo si no tienen buenos estudios. “Yo vengo de una familia pobre y vivíamos en una casa de plástico. Vinimos buscando un futuro mejor para nuestra familia y con un hermano que es menor de edad, al que estaban induciendo a que se metiera a las pandillas”.

Incuso cuenta que su madre es la primera que quería que apartasen a su hermano de las maras. “Mi madre siempre dice que prefiere verlo en videollamada que no verlo nunca”.

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Josué sufría discriminación por ser de la comunidad LGTBI. Salieron el 22 de enero, cruzaron Guatemala de forma legal, pero lo que más les costó fue entrar en México. “Si no pagábamos 100 o 200 pesos de soborno a los federales no podíamos pasar”, confiesa.

Al llegar a México DF aseguran los hermanos que estuvieron 8 días viviendo en la calle. “Para ir al baño teníamos que recoger tickets, porque no nos echaban una mano ni para pagar el baño”. “Yo era la única mujer de un grupo de 5 y, como me decían cosas, decidimos buscar refugio”, cuenta Griselda.

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Los hermanos salvadoreños son algunos de los que reciben ayuda en la parroquia de La Soledad, donde reparte comida y cocina Ana, voluntaria: “Hago esto porque me nace, pero también porque, como ya estoy jubilada y tengo tiempo, quiero ser útil y quiero ayudar”. Enseña Expósito que ese día están preparando en cocina 20 kilos de espaguetis de mantequilla con piña y jamón, una ensalada de atún y salchichas con tomate a la mexicana.

“Es muy doloroso. Una quisiera ayudarles más pero no podemos” , concluye.

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Pilar García Muñiz

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